viernes 31 de agosto de 2007

Arroz caldoso de marisco

Un día de verano cualquiera

El plato

Ha llegado el momento de poner algún que otro plato salado. No sólo de dulce puede vivirse ;-). Tengo una buena lista de ellos pero me da más pereza detallar y comentar platos cuyas cantidades no siempre son demasiado precisas, sólo aproximaciones. Repito, con los platos salados la imaginación puede trabajar mucho más, jugar con aromas o especias y en dónde la exactitud tampoco es una ventaja. Si los productos son de calidad mejor que mejor.

Ésta es una idea que puede servir como base para la elaboración de arroces de marisco, pescados o incluso una fideuá. No falla, siempre que tengamos un poco de cuidado con la sal que pueda proporcionar el caldo de mejillones, si lo empleamos.

Casi todos hemos realizado alguna que otra vez un arroz de marisco, pero espero que aquí se aporten un par de ideas que puedan resultar diferentes y/o marcar la diferencia entre un buen arroz y uno excelente: un caldo de mejillones, unas hebras de azafrán (que nunca faltan en mi cocina) y una, pienso, buena combinación de materia prima. Además, muy económica.


Ese día de un agosto cualquiera: hoy

No se trata de atascos, de grandes caravanas, de calores sofocantes, de playas atestadas de gente; de hecho, si no dijese que es un día de agosto podría haber sido cualquier otro, exceptuando las vacaciones, claro.

No recuerdo la hora exacta, pero podría decirse que el momento de levantarse ha sido relativamente temprano para estar de vacaciones. Me había acostado tarde, muy tarde, había preparado el adobo del jamón asado la noche anterior (ayer), así hoy tendría más sabor y estaría más jugoso. Por si acaso, lo había introducido en el frigorífico, no es que hiciese demasiado calor, pero en verano prefiero llevarlo todo a la nevera. M hacía unas horas que se había acostado, ella ya (o todavía, según se mire) está trabajando, aunque el viernes (mañana) volverá a estar de vacaciones. Ventajas de tener días hábiles…

A eso de las siete de la mañana, tras una noche de mil vueltas, no pude evitar despertarme cuando lo hizo M. Tenía problemas con la cremallera del vestido y tuvo que cambiar de opción al levantarse. Aguanté en cama un par de horas más. Por lo menos intentaría dormir unas seis horas. Casi lo consigo.

Nada más levantarme, la rutina veraniega: subir la persiana y mirar el tiempo, bueno; airear todas las habitaciones y salón; hacer la cama y un poco de limpieza; correr; comida, etc. Por orden: subo la persiana, abro la puerta del balcón, voy al baño y, de vuelta, “levanto” la cama para que se airee un poco. Lo que sí no haré es darle la vuelta al colchón de latex, necesitaría que me ayudasen unas tres personas. Enciendo la cadena de música; CD1: J. S. Bach & Heandel, CD2: 9ª de Beethoven, CD3: música variada. No lo pienso, al azar. Suena el CD3 y empieza con Joni Mitchell con Both Sides Now. Para no molestar, intento no poner la música demasiado alta. Ya en la habitación, vuelvo a abrir la puerta del balcón, se había cerrado, e inmediatamente empiezo a escuchar una música totalmente diferente. Son (de nuevo) unos pájaros en el alero, a la altura de la habitación contigua. Tengo la cámara cerca, les quitaré una foto para el recuerdo, nunca se sabe:

Por no molestarlos, intuyo que preferirán a Beethoven y cambio al CD número 2. Espero que vuelvan el año que viene o que se queden acompañándonos durante mucho tiempo, no me importa que obstruyan los canales del agua. En Santiago no podría soñar con esa estampa.

Hago la cama, recojo lo que pueda estar a la vista, me preparo para correr y llamo a M. Me cuelga y me llama desde el número del trabajo. Que pague la banca. Ella parará en la casa de Santiago, no llegará directa. Tiene que dejar unos trajes y ver si encuentra el taladro para colocar la lámpara del salón. Ya la tenemos aquí: Modelo Astri de Bilumen.

Le doy unas vueltas al jamón, sin haberse cocinado ya huele a las mil maravillas. Tengo que planificar el resto de la comida, para ello miro que hay en la nevera: mejillones, pimientos de padrón, crema frangipane (hay quien le llama “franchipán” o “ crema franchipana”), crema pastelera, discos de pastel ruso (todavía sin montar), claras (muchas), quesos y más quesos,… Lo primero, acabar de montar el pastel ruso: relleno los discos con la crema frangipane, lo cubro con unas almendras y azúcar polvo. Ha quedado mejor de lo que esperaba, los discos los había preparado ayer para acabar más claras… Cuando vuelva de correr lo primero que haré será probarlo. No me sienta nada bien tomar nada antes de hacer deporte, mareo asegurado.

Aprovecho para empezar a preparar la bolsa y a recoger alguna ropa para llevar a Santiago, mañana no tendré todo el tiempo que deseo, sobre todo si quiero parar en casa de mis padres…

Hoy tenía que darle salida a las claras, como mañana (viernes) nos volvemos a Santiago, sería una pena que se estropeasen. Decisión rápida: hay bastante almendra molida y azúcar; la opción será unos Macarons de chocolate elaborados con una nueva receta que todavía no me ha fallado. La pondré pronto, creo que ya les he cogido el punto de horneado y la textura adecuada. Ya veremos si los relleno con la crema pastelera que tengo preparada, crema frangipane o, simplemente, Nutella con frambuesa. Mientras corro tendré tiempo a pensarlo.

Entre una cosa y otra, se me hace tarde, y eso que hoy no he tenido que ir de compras. Hay todo lo necesario. Son las 11:40, salgo inmediatamente a correr. Hoy no me apetece cruzar el puente, son más de 2 kilómetros, que se transforman en 5 al volver, hace viento y resulta muy monótona tanta recta. Opto por dar unas cuantas vueltas a la isla hasta completar las dos horas: playa de Area da Secada, Mirador, Carreirón,… he tenido que pasar varias veces por el mismo sitio. Mañana cruzaré el puente e iré al mirador de Loberia.

De vuelta, me aseo, salo el jamón y lo pongo a fuego muy lento. Siempre es mejor salarlo al día siguiente para que no se seque. Programo el reloj para que suene dentro de hora y media, así no podré despistarme. Mientras se hace empiezo a preparar los macarons. Azúcar polvo, almendra, cacao, merengue italiano… horno. Siempre echándole un ojo al jamón asado para ir dándole vueltas.

Entre tanta cocina opto por comer algo, M no llegará hasta las 16:30, aproximadamente. Me he despistado un poco, M llama para decir que ya ha salido de Santiago. Tengo el tiempo justo como para pasar la salsa por el pasapurés, freír unas patatas y unos pimientos de Padrón.
Los mejillones al azafrán quedarán para otro día. Por suerte había sobrado un poco de empanada de maíz con sardinas, un trocito pequeño que le servirá como entrante con los pimientos. Las patatas serán para mojar en la salsa del jamón asado.

De postre podrá escoger lo que más le apetezca, hay tres tipos de tartas y dos de galletas. Le pondré el pastel ruso para que me dé su opinión. Ahora sólo queda fregar y fregar todo el desaguisado mientras llega M, debe estar todo en “su sitio”. Pongo la mesa y, en último momento, frío los pimientos, ya con ella entrado por la puerta. Llega en bermudas, se había cambiado en Santiago.

Le ha encantado la comida. Salsita, salsita. No hacía falta que me lo hubiese dicho, lo sé cuando repite varias veces, hasta tres (en pequeñas cantidades, eso sí). Mientras come, acabo de fregar los platos y le voy preparando el postre. Veamos como responde, pronto lo sabré. ¡Estupendo!, le ha entusiasmado, me ha pedido que le corte otro trocito. ¡Prueba superada!, y eso que la crema frangipane no me había quedado tan bien como deseaba. A mí también me había complacido.

Empieza la parte dura, fregar y fregar. Sobre todo cuando tienes prisa para poder disfrutar un poco de la playa. Al final acabo casi a las 18:00, es tarde pero suficiente para aprovechar por lo menos un par de horas… (Mañana, hoy ya, sigo)


Ingredientes
  • Aceite de oliva virgen extra.
  • 1 cebolla picada fina.
  • 2 dientes de ajo muy picados.
  • 1 sobre de hebras de azafrán, o algo menos, dependiendo de la cantidad de arroz.
  • 1 cucharilla de café colmada de pimentón dulce.
  • 1 trozo de guindilla (opcional). Un poco de picante le da un toque especial, sin pasarse.
  • 2 tomates previamente rallados y sin piel.
  • Medio kilo de mejillones, aproximadamente. Unos pocos, 5 ó 6, para el arroz y el resto para la elaboración del caldo.
  • Un puñado de almejas.
  • Un puñado de gambas o langostinos.
  • 2 chopitos pequeños ó 1 calamar. Personalmente prefiero el sabor del chopo.
  • Media cucharada de perejil picado (opcional).
  • Medio vasito de arroz bomba (a mí me gusta la marca SOS, ¿y tú de quién eres?).
  • Unas hojas de laurel, un chorrito de buen vino blanco y un poco de aceite para elaborar el caldo con los mejillones al vapor.
(1) Elaboración del caldo.
En una tartera echamos un chorrito de aceite y unas hojas de laurel. Cuando se haya calentado algo echamos los mejillones, habiendo reservado unos pocos (5 ó 6); le damos unas vueltas, echamos un chorrito de vino y tapamos. Dejamos un par de minutos, justo hasta que se abran. Si los dejamos demasiado tiempo empezarían a encogerse. Escurrimos inmediatamente, reservando el caldo para la cocción del arroz.
Los mejillones podríamos tomarlos al vapor, rebozarlos en harina y huevo, con bechamel (probadlos si todavía no lo habéis hecho) o añadirlos al arroz.

Es una idea como cualquier otra para la elaboración del caldo. El caldo de los mejillones proporciona un sabor excelente al arroz, pero hay que tener mucho cuidado con la sal. El mejillón suelta agua salada, por lo que si se emplea este caldo debe echarse poquísima sal. Mejor probarlo. Un caldo de rape u otro pescado blanco también da un gran sabor, pero en ese caso sofreiremos con una zanahoria, un puerro, un poco de perejil, cebolla y una hoja de laurel, desespumándolo durante la cocción, que sólo será de un hervor.

(2) Cortamos los tomates por la mitad y los rallamos, retirando la piel. Reservamos.

(3) En una tartera relativamente ancha doramos la cebolla con el ajo a fuego medio-bajo. Cuando esté blanquecina subimos el fuego y añadimos el chopo o los calamares. Esto se hace sobre todo con el chopo, para evitar que no quede duro.

Cuando el chopo haya tomado color y esté ligeramente hecho, añadimos las hebras de azafrán, removiendo unos segundos para que se aromatice (*) pero sin que se queme. Añadimos una cucharadita de pimentón dulce, también el tiempo justo, e inmediatamente, antes de que se queme, echamos el tomate rallado, el trocito de guindilla (pimienta de cayena) y el perejil picadito (opcional). Dejamos reducir un poco.

(*) Los puristas dirán que el azafrán no debe echarse directamente sobre materia grasa. Yo nunca he encontrado ningún problema en ello, más bien se lo he visto hacer a muchos buenos cocineros, en televisión, por supuesto. ;-).

(4) Cuando el tomate se haya reducido un poco echamos el marisco: almejas, los mejillones reservados, langostinos y/o gambas. Procedemos a darle unas vueltas, medimos el arroz y lo echamos sobre el marisco. Dejamos durante unos segundos, así evitaremos que se rompa durante la cocción.

(5) Incorporamos el caldo caliente, unas 4 partes por 1 de arroz y, si fuese necesario, un poco de sal. Mejor probar el caldo antes, para echar sal siempre estaremos a tiempo. Dejamos que se cocine a fuego medio-lento hasta que esté hecho, sin pasarse ;-).
Dejamos templar y servimos inmediatamente, opcionalmente, espolvoreado con un poco de perejil (si no lo hemos usado) o cebollino picado.

Aclaración: en realidad pueden emplearse lo mariscos que más nos gusten. Estos son muy económicos y casi siempre están a la disposición en las pescaderías o supermercados. Unas nécoras, bogavante, centollo o buey, son unas excelentes opciones pero más caras ;-). Si probáis con los mariscos que he empleado no os arrepentiréis.
Ésta es una de las mejores y más rápidas maneras de elaborar un caldo de pescado. Si empleamos otro pescado, que sea blanco; los azules no son adecuados para los caldos. Unas cabezas de rape, merluza, perlón,…

M se lo tomó todo… ¡ella sola!, se lo había preparado para comer y dejó un poco para acompañar en la cena. Durante la comida ha tenido que retirarlo de la mesa para evitar acabarlo… creo que no hay nada mejor que se pueda decir sobre el plato, ni mejor cumplido por su parte.

miércoles 29 de agosto de 2007

Tarta de manzana (clásica)

El (mísero) granito de arena en el desierto

Clásicos de casa: n-ésima parte y mucho más

La sofisticación en la repostería no siempre da buenos resultados, sin embargo, los sabores sencillos y de siempre no acostumbran a fallar ni cansar. Éste es un ejemplo, una tarta que volveré a hacer en breve, seguro, y más ahora que estamos en época de manzanas.

He descubierto que las recetas clásicas que he estado elaborando esta semana no se limitan ni están acotadas en el tiempo. Sigo y sigo, cuantas más hago más me vienen a la cabeza y más disfruto del resultado. Las tartas de manzana son unas de mis preferidas, aunque cualquier tarta que lleve fruta lo es. La frescura, el dulzor.



Contra los que practican la…

¿Intolerancia? Parece una contradicción, y lo es. Ser intolerante con la intolerancia. Querer rendir cuentas con la misma fórmula, la fórmula que queremos destruir. Nada más absurdo que acabar con el asesino con un asesinato (pena). Debemos demostrar que estamos sostenidos por unos principios (no hablo de leyes) que defendemos, incluso, cuando van en contra nuestros propios intereses. Esa es la fortaleza del que sabe que hace lo que debe, frente al que hace lo que quiere. Otra cuestión más aguda sería saber qué es “lo que debe hacerse”.

Un lema que me gusta: “haz el bien y si no se sabe, mejor”. Hazlo por el hecho de hacerlo, no por la gratificación o el orgullo. Es la única forma de evitar que el hacer el bien no se vuelva en nuestra contra. Podría devolverse en forma de engreimiento, falsa modestia o soberbia.

Ciertos comentarios que han surgido días atrás me han llevado a pensar sobre ello. Muchas de mis reflexiones me han conducido al campo político, en el que no quiero entrar bajo ningún concepto, pero otras se han motivo en términos más generales y algo más consolidados. Opinad libremente, pero no juzguéis si no queréis ser juzgados. No pensemos que todos hemos tenido la opción de ser como hemos querido (en el campo educacional, en el campo ético, emocional,…), sólo como las circunstancias nos lo han permitido; el entorno ha tenido mucho que decir nuestras vidas y en nuestra forma de ver el mundo. Sólo el conocimiento total de los demás (imposible), sólo en ese momento, tendremos algún argumento para juzgarlo, sólo alguno.


… y los hijos de nuestros hijos

Existe cierto sector de la población que piensa en la escuela como el lugar en el que debe “educar” a los hijos. Discrepo en gran medida, la escuela es un instrumento que, basándose en el conocimiento, las actitudes, ayudará a que los alumnos adquieran esa “educación” que les permita “ser mejores personas”. Aunque mi actividad docente se centra en alumnos mayores de 18 años, he podido contrastar que el hogar condiciona en gran medida su aptitud y actitud. En los centros educativos no pueden hacerse milagros. Lo más cómodo es eximirse de nuestra parte de culpabilidad y culpar al medio.

En mi época estudiantil y formativa, que todavía sigue y sigue, he tenido buenos, regulares y malos profesores, pero creo haber aprendido siempre algo de ellos. Se tiende a focalizar los problemas de los niños en la figura del profesor, él es sólo un instrumento en un engranaje demasiado complejo.
Por desgracia, una de las principales escuelas hoy en día es la televisión y los medios de comunicación en general. Esa obsesión por lo material, por la fama y popularidad, esa obsesión por la posesión. ¿Para qué? ¿Cuál es la finalidad?

Existe una ofuscación por el conocimiento, datos y más datos. Se ha olvidado que lo realmente importante es transmitir una inquietud por aprender, pero siempre como camino a una “realización” personal en un marco integral y no material. Disfrutar del conocimiento. Cuando más sepas, más tolerante serás. Mayor capacidad de ponerse en el lugar del otro. Pero no sólo eso, se pueden conocer mucho pero no saber nada.

…un granito de arena

Ya lo he dicho varias veces, la próxima semana estaremos de viaje. Existen varios motivos. El primero es la evasión, el principal que mueve a M a “escaparse por una temporada”. Salir del estrés provocado por el trabajo y la rutina diaria. Otro motivo podría ser el interés o curiosidad de conocer lugares distintos y nuevos. En mi caso, lo más gratificante suele ser el lavado interno al que me someto: la confirmación de que no somos nada, un grano de arena en el desierto. Granos de infinidad de colores y durezas, pero todos iguales. Descubres en la diferencia algo que nos une a todos, intereses diferentes, gustos, necesidades, gente.

Siempre digo que este tipo de viajes son unas curas de humildad. Le vendría bien a aquellos que se sienten “el ombligo del mundo”, esos que han creado pequeños reinos (ególatras) con tronos en su trabajo o su empresa, su comunidad, su barrio… esas personas que no ven más allá de los muros de su urbanización, incapaces de relativizar los problemas o tener una visión más global de los mismos.

Siempre vemos las noticias en la distancia, las desgracias les pasan a otros: terremotos, hambrunas, tsunamis,… Lo percibimos como ajeno, lejano, ni por un momento somos capaces de sentir como sienten, de ver por sus ojos. No seamos hipócritas (yo soy el primero en serlo, hablo pero no he hecho nada), hagamos algo y, por un momento, pongámonos en su lugar. Quisiera no ir a esos países en una pecera, echar una moneda y volver sintiéndome perdonado; sería mejor el poder descubrir que no se debe ir tan lejos para saber que soy un granito de arena y que tal vez el desierto esté más cerca de lo que pensamos, sólo cruzando la calle.

Base
  • Hojaldre. Lo he elaborado de acuerdo la receta de hojaldre con cacao, pero sin el cacao. Podría utilizarse hojaldre congelado.
Compota
  • 5 manzanas golden, royal gala, red delicious o, si nos gusta un poco ácida, reinetas del Canadá.
  • 60 gr. de azúcar, mejor en polvo. La cantidad debe ser a gusto, dependiendo de si la preferimos más o menos dulce.
  • Un poco de agua.
  • Zumo de limón, ¼ a ½ pequeño, aproximadamente. Entre otras cosas, evita la cristalización del azúcar.
  • Opcional: un poco de vainilla, una ramita de canela.

Cobertura
  • 2 ó 3 manzanas troceadas en el momento, para evitar que se oxiden, o reservadas en agua con limón.
Jarabe
  • 2 cucharadas de azúcar moreno.
  • 30 gr. de mantequilla.
  • Un trocito de canela.
  • 10 a 15 ml de calvados u otro licor. He usado ron.
(1) Preparación de la compota. Troceamos la manzanas sin retirarles la piel, sólo el corazón, y las echamos en una tartera. Añadimos el azúcar a gusto, el agua y el zumo de limón. También podemos aromatizarla con una ramita de canela y una cucharilla de extracto de vainilla, así lo he hecho yo.

(2) Cocinamos durante unos 25 minutos, hasta formar una pasta y removiendo a menudo con una cucharada de palo. Cuando se hayan reblandecido y formado una pasta podemos pasarla por la batidora para obtener una compota homogénea y sin grumos. Reservamos.

(3) Base. Estiramos la masa de hojaldre en forma circular, dependiendo del tamaño del molde. Cubrimos con ella el molde engrasado y enharinado previamente, pinchando la superficie de la base, muy ligeramente, con un tenedor; así evitamos que suba demasiado la parte central.
Precalentamos el horno a unos 210º C. Echamos la compota sobre la base, aproximadamente de un centímetro de espesor o algo más.

(4) Jarabe de cobertura. Ponemos la mantequilla a fuego lento con el azúcar y la canela. Cuando el azúcar se haya derretido subimos el fuego y echamos el licor, podemos flambearlo. Dejamos que se reduzca un poco, hasta formar una salsita.

(5) Troceamos las manzanas, con o sin piel, dependiendo del aspecto que nos guste presentar y cubrimos la tarta a medida que las vamos cortando. Las manzanas podríamos haberlas confitado un poco con el jarabe.
La cobertura de manzana se realizará desde el borde hacia el centro e intercalando la posición de los cortes de una fila con un trozo de la siguiente, así obtendremos el aspecto de la imagen. Pintamos con un poco de mermelada de albaricoque, melocotón o con el jarabe.


(6) Introducimos en horno precalentado durante unos 30 minutos, aproximadamente, hasta que veamos que las manzanas tienen un aspecto reblandecido y el hojaldre esté cocido. Cuando esté hecho la cubrimos con un poco del jarabe previamente preparado.


Uno de esos sabores únicos de siempre y tan deliciosos como nunca. Además, fácil.

lunes 27 de agosto de 2007

Buñuelos al estilo de Nueva Orleáns (Beignets)

El síndrome de Bill Murray y los animales

Clásicos, 3ª parte. Fritos

Desearía que no pasasen desapercibidos. Sería una pena que unos buñuelos como estos no pudieran ser disfrutados como se merecen. Yo repetiré, y creo que pronto, todavía tengo abundante leche evaporada y dentro de menos de una semana estaremos (otra vez) de viaje. Debo admitir que soy un seguidor acérrimo de las masas fritas: buñuelos, churros, tequeños, orejas de carnaval, rosquillas o, en menor medida, empañadillas.

La combinación de la leche evaporada, con la manteca y el azúcar, para mi gusto, ha dado lugar a unos, dentro de “su categoría”, incomparables buñuelos. Ricos, ricos, aunque, una vez más y sin ánimo de ser pesado, “para gustos se pintan colores”. En este caso, y sin que sirva de precedente, los colores de M han coincidido con los míos.

El síndrome de Bill Murray

Le llamaré así a partir de ahora. Ese afán obsesivo que en los últimos años va creciendo en mí: ajustar cada una de mis acciones, comportamientos o costumbres a los de M. El día a día se repite, pero cada día descubro que mi comportamiento cambia para que pueda ajustarse a sus gustos y/o manías. Como en esa divertidísima comedia en la que B. Murray se intentaba ganar el ¿amor? de Andie MacDowell modificando su comportamiento durante un día que se repetía hasta la saturación, “Atrapado en el tiempo”. Sólo que en mi caso se hace de forma inconsciente.

Todo empezó, que recuerde, con unas zapatillas. Ella las guarda en el armario, yo no lo hacía así pero acabé por hacer lo mismo. Después llegó esa obsesión por secar los platos todavía empapados, nada de dejarlos escurrir (ya no puedo ver ningún plato sobre la encimera); empujar las puertas (exactamente) por las manillas, únicamente, limpio y limpio las manillas infinidad de veces mientras cocino y, sobre todo, si va llegar ella; cambiarme de ropa nada más entrar en casa; retirar los yogures de la nevera antes de consumirlos (a eso todavía no me he adaptado); hacer la cama sometiéndola en forma de “sobre”, no de cuña como hacía antes; poner muchísimo más embozo en la cama que anteriormente; son ejemplos, existen muchísimas pequeñeces de las que ni soy consciente.

Atardecer en "A illa", de vuelta de la playa:

Beignets

Buñuelos. En su día me había “perdido en la traducción” francesa a la hora de hacerlos con una pasta choux y darles, a modo típicamente francés, una forma de rosquilla.

Bien, ¿y qué hace un plato tan latino, mediterráneo, en los USA?, en Nueva Orleáns. La respuesta esta en el nombre: Nueva Orleáns. Como su nombre indica, es una ciudad de origen francés, cuyas tradiciones han perdurado a lo largo de los años. Famosos son (también) sus carnavales o una cocina y tradición más europea que norteamericana.

Cuando pronuncio Nueva Orleáns pienso en el cine, como no. En “la mujer pantera”, en el agua, en unas historias llenas de agua, pantanos y ríos. Sin saber origen ni motivo, me viene a la cabeza otro nombre: Clint Eastwood. Ya indagaré en la asociación. También me acuerdo, ya con elementos más reconocibles, la canción de “The Animals”, “la casa del sol naciente”, “hay una casa en Nueva Orleáns….”


Ingredientes
Recomendaría el uso de la cantidad entre corchetes. 220 gr. de harina dan lugar a suficientes buñuelos, salvo que tengamos mucha hambre, seamos familia numerosa de primera categoría (¡se llama así?) o tengamos un restaurante ;-)
  • 5 gr. de levadura de pan seca o, mejor todavía, un poco más (7 gr.) de levadura fresca de pan. [3 gr.]
  • 175 ml de agua templada, unos 35-40º C. [87 ml]
  • 50 gr. de azúcar [25 gr.]
  • ½ cucharilla de sal [¼ de cucharilla]
  • 1 huevo [25 gr.]
  • 115 ml de leche evaporada [57 ml]
  • 440 gr. (hasta 500 gr., máximo) de harina normal o, mejor, mitad de harina fuerte[220 gr. – 250 gr.]
  • 25 gr. de manteca de buena calidad [13 gr.], empleo una que ha elaborado mi madre ;-)

Extras
  • Aceite vegetal suave para freír, uno que no tenga demasiado sabor.
  • Azúcar glasé o polvo para espolvorear

(1) Disolvemos la levadura en agua templada, no caliente. La levadura “muere” en torno a unos 60º C, por lo que si la temperatura es demasiado alta la levadura dejará de tener efecto.

(2) Añadimos el azúcar, la sal, el huevo y la leche evaporada. Mezclamos bien. Echamos algo más de la mitad de la harina, mezclando bien hasta que quede suave. Añadimos la manteca y el resto de harina, mezclando con una cuchara hasta que quede una masa homogénea.
La masa es bastante pegajosa. No se debe preocuparse, puede añadirse algo más de harina, pero la masa nunca debe quedar seca. Será a la hora de extender y hacer los buñuelos cuando emplearemos más cantidad para que no se pegue al darle forma.

(3) Cubrimos el bol y llevamos al frigorífico durante 24 horas. Puede estar más tiempo sin ningún tipo de problema. Pasado el tiempo, enharinamos las manos, cogemos porciones grandes, las echamos sobre una superficie bien enharinada y estiramos con el rodillo con harina hasta unos 3 milímetros de espesor.

(4) Con un cortapastas o cuchillo bien afilado, cortamos en rectángulos/cuadrados de unos 5 ó 6 cm. Freímos en abundante aceite a unos 180º C, cuidando que no se quemen y dándole la vuelta. El aceite debe estar suficientemente caliente, en caso contrario no subirían, por lo menos no lo necesario. Ponemos a escurrir en papel absorbente.
Estos buñuelos no sueltan demasiado aceite. Espolvoreamos con azúcar polvo o glasé y tomamos todavía calientes. Mejor ir reservando la masa y prepararlos cuando los vayamos a tomar, a pocos.

Últimamente estoy siendo, raro en mí, demasiado dogmático. No sé si me estoy haciendo mayor (¡qué horror!, en ambas cosas), no creo en los términos absolutos (“el mejor”, “lo peor”, “lo bueno”, “lo malo”,…), (casi) todo es relativo, o todo. Permitidme, por una vez más, la licencia: tal vez (repito, tal vez) los mejores buñuelos que he probado nunca. M, mi catadora y probadora oficial, así lo ha “certificado”, no ha podido parar…

Red beans and ricely yours

viernes 24 de agosto de 2007

Tarta de Chocolate Blanco al Cardamomo

Intermedio

Saliéndome de los clásicos

Estoy dentro de la semana de “los clásicos” y sí, sigo y seguiré con ellos, unas recetas que espero poner próximamente (el pan de hoy, por ejemplo, ha estado insuperable –para mi gusto-). Por una vez, y por no disponer de Internet (verano, verano) las recetas van mucho más rápidas que las publicaciones, están haciendo cola. Ésta, para romper un poco el ritmo, se ha colado. Ha sido la última y, para ser sincero, todavía no la he probado. Ya pondré un comentario al final de la entrada cuando la pruebe. Por el momento promete, un relleno con sabor a chocolate blanco y cierto aroma a cardamomo.

¿A que huele o sabe el cardamomo? Diría que tiene un ligero tono a limón, a frescura, siempre muy particular.


El libro

Veo un libro que me guste y lo compro. Son una pasión. Éste fue toda una casualidad. Como he dicho en otra receta, el domingo, de paso en dirección a “A illa”, tenía “mono” de fruta y me fui al “Opencor” a eso de las 12:30 de la madrugada. Buscando, buscando, me encontré un libro que ya había visto en algún otro centro comercial: Tartas, de Sarah Banbery. A la bolsa de la compra.

En él he descubierto una receta que ya había elaborado Tarta de mango, crema de limoncillo y base de coco, sólo que sin “limoncillo”, con la consabida pérdida del aroma necesario que pude suplir con unas gotas de aroma de limón.

Aunque todas las tartas del libro parten de un concepto básico, masa quebrada con un relleno, todas resultan apetitosas a la vista y, examinando los ingredientes, intuyo que también al sabor. Proporciona muchas ideas para emplear en quiches y en tartas de frutas, básicamente. El único problema podría ser localizar algún ingrediente que otro. El cardamomo lo he encontrado muy cerca de casa, en una frutería.


El corte

No hablaré del hipermercado, ni de las heridas del enésimo golpe. Como el otro día comenté situaciones “clásicas” que me habían sucedido ese mismo día en el supermercado, hoy me he acordado de otras situaciones, más lejanas, que han provocado un sentimiento de “corte”, una vergüenza pasajera y la mayor parte de las veces trivial.

No soy cortado, sí tímido, muy tímido, pero puedo llegar a ser un poco “sinvergüenza” en el sentido literal, “sin vergüenza”. Tal vez porque, en general, no me preocupo por lo que lo demás puedan pensar de mí, salvo que me importen. Sí, me acuerdo de ciertas situaciones incómodas que todavía tengo en la memoria o que han hecho que me ruborice. Cuatro tonterías:

Tontería número 1: el síndrome de Mr. Bean). Lavabo público, probablemente un cine o una cafetería. Grifo a presión exageradamente alta… ¡sorpresa!, mientras te lavas las manos, nada más abrir el grifo, justo te salpicas en dónde no parece lo que es. Opciones: a) no hay secador de manos. Solución: taparse con algún objeto cuando entras en el restaurante y esperar a que seque lo antes posible; b) hay secador de manos. Solución: de puntillas, estirando del pantalón y disimulando por si entra alguna que otra persona. Ahora me seco, ahora disimulo.

Tontería número 2: ¿qué miras?). No tengo la culpa de que hagan unas camisetas con mensajes tan divertidos, a veces con textos ilegibles. Si la camiseta la lleva un chico no hay problema, la intentas leer ya está. Si la camiseta la lleva una chica ¿cómo evitar que piense que no estoy mirando otra cosa? No ha sido la primera vez que, en mi afán por descifrar el mensaje escrito, la susodicha me mire de un modo “extraño”, intuyendo otras necesidades…

Tontería número 3: ¿a dónde ha ido a parar?) No diré mucho. Resfriado. Fuerte estornudo. Aquí falta algo, ¿a dónde ha ido a parar? En mi mano no está. Sálvese quién pueda. Tonto el último.

Tontería número 4: el sastrecillo valiente) ¡El rey está desnudo! Después de toda la mañana en el trabajo, paseando por la calle, descubres que la cremallera no está en la posición que le correspondería…. ¡y llevas calzones! Pudo haberse escapado en cualquier momento. Otras opciones, ¿no llevas la camiseta al revés? ¿no tienes el pantalón roto por el trasero? y un largo etcétera.

Las situaciones más comprometidas, me ruborizo con sólo pensarlas.



Masa quebrada

Es la tercera vez en poco tiempo que la empleo (tarta de ciruelas, quiche), y todas ellas con pequeñas variantes. Ésta es la recomendada por la autora para esta tarta, pero he añadido un par de cucharadas de azúcar, un poco de ralladura de limón y empleando leche fría en vez de agua para ayudar a ligar la masa
.
La masa propuesta por Sarah Banbery para esta receta se trata de una masa quebrada salada, como la empleada para la quiché. Por tratarse de un dulce, el uso de azúcar parece más que recomendable, incluso una masa 1-2-3.

La autora especifica que para un molde de 22 cm. 125 gr. de harina son suficientes. También tengo mis dudas. Ésa ha sido la cantidad empleada para mi molde de 20 cm., me ha sobrado algo, pero dudo que llegase a cubrir una tarta de ese tamaño. Pongo las cantidades empleadas y, entre corchetes, las proporciones para 200 gr. de harina.

  • 125 gr. de harina de repostería [200 gr.]
  • 75 gr. de mantequilla [120 gr.]
  • 2 cucharadas de azúcar [3 cucharadas]
  • Una pizca de sal [1/4 cucharilla]
  • 2 cucharadas de leche (se puede prescindir de ella, pero ayuda a ligar la masa) [3 cucharadas]. La necesaria para que ligue bien.
  • Ralladura de limón. Podría emplearse otro aroma, vainilla, por ejemplo.
(1) Untamos con una poca mantequilla un molde desmoldable de 22 cm. de diámetro (ó 20 cm. en mi caso). Enharinamos y retiramos el exceso de harina.

(2) En un bol tamizamos la harina con el azúcar, la sal y la ralladura de limón. Añadimos la mantequilla troceada y, con ayuda de las manos, la deshacemos hasta que tenga la consistencia y aspecto de pan rallado.

(3) Vertemos la leche fría y amasamos rápidamente, sólo hasta que ligue bien y quede una masa homogénea. Formamos una bola.
Cubrimos con un plástico transparente para que no se seque y dejamos reposar en el frigorífico un mínimo de 30 min. Puede dejarse muchas horas, siempre que esté bien cubierta.

(4) Pasado ese tiempo, precalentamos el horno a unos 190º C y retiramos la masa del frigorífico. Si está demasiado dura la sobamos un poco (muy poco y sin amasar) para poder estirar mejor la masa. Ponemos entre dos bolsas de congelación o sobre una superficie enharinada y estiramos con el rodillo hasta obtener el grosor y la anchura deseados.

(5) Cubrimos el molde con la masa, retirando una de las bolsas de congelación y empleando la otra para realizar presión sobre el molde. Cortamos los restos pasando el rodillo sobre el borde superior del molde. Pinchamos la superficie con un tenedor para que no suba.


También podría estirarse y cubrir el molde antes de llevar al frigorífico, introduciéndolo ya con la masa estirada y perforada.


(6) Cubrimos la superficie de la masa con papel de hornear o de aluminio, rellenamos con legumbres (habas secar o garbanzos, mejor garbanzos), para que ejerzan presión, e introducimos en el horno precalentado durante unos 15 minutos, aproximadamente. Pasado ese tiempo retiramos los garbanzos y el papel vegetal; horneamos durante unos 10 a 15 minutos más, hasta que tenga un ligero todo tostado.
Dejamos enfriar totalmente antes de proceder a rellenarla. Podemos tenerla preparada con mucha antelación.


Relleno

He empleado la mitad de ingredientes. Lo he hecho en un molde bajito de 20 cm. Si empleáis un molde mayor usad la versión completa o un 75% de la misma. Mis cantidades están entre corchetes, las cantidades del libro son las indicadas.

Otra recomendación: la receta indica que deben molerse las semillas del cardamomo y añadirlo al chocolate. Así lo he hecho, pero creo que la mejor opción sería infusionar las semillas troceadas con la nata, así adquiriría más aroma.

La gelatina no es necesario disolverla en agua caliente para añadir al relleno, como la nata está caliente se disuelve e integra con facilidad en ella.

  • 6 gr. de gelatina en láminas [3 gr.]
  • 8 vainas de cardamomo [4 vainas]. Usaremos las semillas negras del interior.
  • 350 gr. de chocolate blanco [175 gr.]
  • 390 gr. nata líquida para montar [195 gr.]
(1) Hidratamos las hojas de gelatina durante unos 5 minutos en agua fría. Mientras tanto, retiramos las semillas de las vainas de cardamomo y las machacamos en un mortero o en un plato hondo con ayuda de una cuchara o cucharilla, hasta que queden pulverizadas.

(2) Troceamos el chocolate en fragmentos finos y echamos en un bol. Añadimos las semillas de cardamomo hechas polvo al chocolate.

(3) En otro cazo, calentamos la nata y la llevamos ebullición. En ese momento la vertemos sobre el chocolate blanco con el cardamomo. Añadimos la gelatina escurrida. Removemos con una espátula hasta que el chocolate se haya fundido totalmente y quede una pasta homogénea.

(4) Dejamos que entibie para que no reblandezca la masa quebrada y el líquido pueda salirse. Removemos un poco y echamos sobre la masa. Llevamos al frigorífico durante, como mínimo, unas 4 horas.


(5) Para decorar echamos cacao en polvo y/o virutas de chocolate blanco. Ideas.

Se toma fría. En este instante no la he probado (todavía), pero la masa antes de añadirla estaba buenísima, algo es algo. Un dedo para rebañar la tartera nunca puede faltar, tirarlo sería un “pecado” ;-).

Hojaldre con chocolate

Foto: pinchado el hojaldre con un tenedor, horneado y cortado en horizontal. Relleno de crema pastelera, con cobertura de chocolate y azúcar glasé.

Un clásico renovado: 3ª parte. Los hermanos Karamazov.

Siempre que pienso en un texto extenso pienso en ese libro. Tal vez porque fue de las primeras “lecturas optativas”, allá por los catorce años. Hablo de tiempo, no de espacio. Ese libro valía por dos; si lo leías tenías el “derecho” a leer uno menos. No lo hice, me enganchó, aunque después hiciese “trampa” y me hubiese leído uno muy pequeñito: “San Manuel Bueno, mártir” ;-)… y me gustó. Reminiscencias pasadas, supongo.

Esta receta es larga, no por compleja, sí porque he querido, por una vez, intentar dejar atados casi todos los cabos. Que haya los mínimos errores posibles. El secreto de la elaboración del hojaldre radica en los pequeños detalles, la receta, por lo demás, es muy sencilla.

Ya había puesto una receta para elaborar el hojaldre (clásico) pero he querido aprovechar la “semana de clásicos” para precisar algo más y presentar otra versión de esta masa.

La versión de cacao es adecuada para platos dulces, en especial aquellos que lleven cremas (milhojas, canutillos,) o chocolate (palmeritas, tartas,…), por supuesto. La imaginación pone el límite.

Foto: hojaldre estirado antes de hornear, pinchar y cortar en horizontal (no necesario).

Por qué me gustan los clásicos

Tal vez por el tipo de educación, de la que al final he renegado y echo pestes, “la mala educación”. Esa educación de memorizar frases sin sentido (“el-de-si-se-mas-tu-mi-te-aun-solo”), de “formar filas” en los pasillos, de padrenuestros al entrar en clase, de “la letra con sangre entra”; en mí una lágrima tenía más efecto que una gota de sangre. Dolía más la intención que el hecho. Dolía más el quién que el cómo o el porqué. El porqué no siempre se sabía, porque no siempre estaba claro. Para ellos lo importante era “el ejemplo”, me río de esa expresión.

Si me gustan por eso, supongo que al final habré aprendido algo de ello. La música clásica sigue siendo mi preferida y las lecturas, las clásicas, actuales y pasadas. Siempre intercalo algún clásico entre lecturas más o menos actuales. Con los postres me pasa lo mismo, necesito un clásico (un arroz con leche, unas torrijas o unos buñuelos, por ejemplo) en medio de recetas más o menos actuales y elaboradas.

Supongo que tampoco se deben buscar más razones. Que la razón es la solución, que todos buscamos las raíces y los clásicos fueron la base. En la comida: los guisos y pescados; flanes, fritos (orejas, filloas o torrijas) y pasteles; los bizcochos, las tartas de manzana o las de queso; las galletas… Supongo que soy un “radical”, busco las raíces… pero para conocerme a mí mismo, no para quedarme en el pasado.


Una vez más, el hojaldre, akas “La pâte feuilletée”

Aunque el hojaldre no saliera bien las dos o tres veces primeras, no por eso habría que desanimarse, sino hacer lo que nosotros hicimos: volver a empezar al siguiente día y al otro, hasta que nos resultaron perfectos los volovanes.” Eso dice un clásico libro de repostería, “Enciclopedia culinaria. Confitería y repostería” de María Mestayer de Echagüe (que se hace llamar como “Marquesa de Parabere”, aunque no lo hubiese sido). Y tiene toda la razón, el esfuerzo valdrá la pena. No hay color, el hojaldre casero tiene un gusto que ningún congelado o el de muchas pastelerías tienen. Los congelados crecen pero son relativamente insípidos. Podéis jugar con aromas (cacao, café, cítricos) y calidades (más o menos hojaldrado dependiendo de la finalidad).

Si no lo habéis elaborado nunca, el proceso puede parecer complejo y asustar un poco la primera vez. No lo es, llega con conocer una serie de reglas (relatadas al final) y, una vez conocidas es un proceso rápido y automático. No hay que memorizar nada, los ingredientes son muy escasos.

Esta receta lleva cacao, pero sirve para el proceso tradicional, simplemente lo eliminamos y ya está. Lo congelamos y lo tendremos para cuando queramos hacer una tarta de manzana, una empanada, unos tequeños, unos hojaldritos, unas milhojas,… sólo unos minutos de descongelación.


Primera masa
  • 250 gr. de harina de fuerza (harina de pan, rica en gluten).
  • 250 gr. de harina de repostería o común.
  • 240 gr. de agua fría (o algo más, ésta es la cantidad que suelo emplear)
  • 10 gr. de ron. Si no lo queremos emplear lo sustituiremos por agua.
  • 50 gr. de mantequilla
  • 25 gr. de manteca. Si no queremos emplear manteca la sustituimos por mantequilla.
  • 15-20 gr. de sal.
  • Opcional: algún aroma (ralladura de limón, vainilla o ralladura de naranja)

Hojaldrado
  • Mantequilla para hojaldrar, cuyo peso sea la mitad de la primera masa. Pesamos la masa anterior y emplearemos la mitad de mantequilla para realizar el hojaldrado (algo más de 400 gr. para estas cantidades). La mantequilla debe estar fresquita y consistente, nunca debe derretirse ni ablandarse en exceso.
  • Cacao en polvo, un 25%, aproximadamente, del peso de la mantequilla para hojaldrar. Por ejemplo, si la mantequilla para hojaldrar pesa unos 400 gr. emplearemos unos 50 gr. de cacao.
  • Número de vueltas: 5-6 vueltas de 3 pliegues cada una (sencillos).
(1) Elaboramos la primera masa. Tamizamos las harinas y las mezclamos con la sal. Formamos un volcán, echamos el agua con el ron (si lo usamos) y la mantequilla/manteca. Amasamos hasta obtener una masa firme, pero sin ser dura ni pegajosa. La mantequilla debe estar bien incorporada.
Pesamos la masa para saber cuánta margarina para hojaldrar emplearemos. Llevamos la masa al frigorífico envuelta en plástico (film).

(2) Pesamos la mantequilla para hojaldrar con un peso igual a la mitad del peso de la masa anterior. Reservamos. Pesamos el cacao en polvo igual al 25% de la mantequilla para hojaldrar.

(3) Mezclamos la mantequilla con el cacao en polvo, amasando hasta que quede una pasta homogénea del tono de chocolate. Este proceso mancha bastante las manos ;-). Formamos un cubo, lo envolvemos en plástico y los llevamos al frigorífico un par de horas como mínimo.

(4) Pasado el tiempo retiramos la masa y la mantequilla chocolateada. La consistencia de la mantequilla debe ser similar a la de la masa, por ello, amasamos la mantequilla con las manos para que se pueda empastar con facilidad.

(5) Extendemos la bola de masa, practicando un corte en forma de cruz. Desplegamos las esquinas, formamos un cuadrado irregular y ensanchamos alargando las esquinas. Debe quedar un “cuadrado”, más o menos irregular, de un grosor 1 ó 2 centímetros, dejando en el centro una altura ligeramente mayor que en los bordes.
Antes los hacía como una estrella y formando un cubo, pero para el hojaldrado resultaba bastante más dificultoso en las primeras vueltas.

(6) Situamos la mantequilla de cacao en el centro con un grosor similar al de la masa, de modo que podamos taparla como si de un sobre se tratase. La cerramos ;-) y extendemos la masa en un único sentido hasta obtener un rectángulo tres veces más largo que ancho.

(7) Primer pliegue. Plegamos la masa en tres, es decir, doblando un lado a 1/3 de largo y cubriéndolo con el tercio restante del otro extremo. Una imagen vale más que mil una palabras, creo:



Dejamos reposar, envuelta en plástico, en el frigorífico entre 1 ó 2 horas. Si se tiene prisa, puede realizarse los pliegues de dos en dos. Siempre recomendaría un reposo de, al menos, un cuarto de hora o 20 minutos entre vuelta y vuelta.
Yo suelo darle las vueltas cuando me acuerdo y tengo un momento, incluso en varios días. Si está demasiado fría pudo haberse endurecido la mantequilla, por lo que debe retirarse unos minutos antes de proceder a darle otra vuelta.
Lo más importante es contabilizar las vueltas. Los “libros” que he leído recomiendan hacer marcas con los dedos en la masa al acabar de dar las vueltas. Yo prefiero hacer marcas en un trozo de papel. La memoria suele fallar, sobre todo de un día para otro…

(8) Segundo pliegue. Giramos la masa 45º y la extendemos con otro rectángulo tres veces más largo que ancho, sólo que en este caso se estira perpendicularmente al anterior. Dejamos reposar otra horita más.
Repetimos el proceso anterior hasta completar 5 ó 6 vueltas (si la admite). Con 5 vueltas podrían ser más que suficientes para ese empaste, si lo hacemos bien.


Aclaraciones y recomendaciones

Nunca viene más volver a recordar algún punto importante para hacer un buen hojaldre:
(1) Suelo hacerlo con la mitad de ingredientes, pues es más fácil de trabajar y estirar la masa, además, no me importa hacer hojaldre varias veces al año. Siempre lo suelo congelar, por lo menos parte, así tengo para postres y para salados (sin cacao, claro): empanadas, tequeños, empanadillas, pastelitos de todo tipo (vol-au-vent, tartas, …), etc. Como casi todas las masas, congela estupendamente y no pierde las propiedades.

(2) Hay que evitar a toda costa que la mantequilla de desparrame por los bordes, ésa es la principal complicación. Si eso pasase espolvorearemos con un poco de harina para cerrar la “herida”. La mantequilla debe ser de muy buena calidad; la marca President funciona muy bien, si bien acostumbro a comprar una especial para hojaldre que me venden en una panadería cercana. También he visto que las venden en grandes bloques en Internet.

(3) La superficie debe estar enharinada, pero muy poco. Podéis emplear un colador para espolvorear la superficie ligeramente y para “curar” las posibles “heridas”. Emplead un pincel para limpiar la harina que se adhiera a la superficie de la masa y una aguja para explotar las burbujas que se puedan formar, antes de que exploten y desparramen la mantequilla. Si se sobrecarga de harina en cada vuelta el hojaldre perderá mucha calidad.

(4) El número de vueltas no es al azar. A medida que damos vueltas la capa de masa se hace más fina y, si damos más de las debidas, podría llegar un momento que se rompiese la capa y las fundamos entre ellas. Mejor que falte que no que sobre, todo depende de la proporción de mantequilla frente a la de harina.
Para muestra, otro comentario del mismo libro mencionado anteriormente: “El número e vueltas debe ser seis exactamente, no vaya a figurarse el inexperto que dándole un número mayor de vueltas subirá más el hojaldre. Es un error: sobrepasadas las seis vueltas la pasta sube mucho menos, volviéndose más mantecosa, más pastosa, menos ligera”.

(5) Cuando cortemos el hojaldre, éste nunca debe amasarse pues romperíamos las capas. Los recortes tampoco deben amasarse. Los podemos poner en paralelo y emplear para preparaciones fritas (tequeños o empanadillas) o preparaciones horneadas que no requieran hojaldrado de calidad (cocas o empanadas, por ejemplo). Lo mejor es emplear un cortapastas.

(6) A la hora de introducir en el horno, si pintamos con huevo el hojaldre, el huevo no debe llegar a las bordes. Esto haría que se pegasen las láminas y no subiese fácilmente. Para platos dulces horneados, unos 4 mm. de espesor pueden ser apropiados para que crezca adecuadamente.

(7) La temperatura de trabajo es importante para que no se derrita la mantequilla. En algún libro he leído que incluso hay gente más apropiada que otra para su elaboración, pues no todos tenemos la misma temperatura de las manos (temas de circulación); me parece excesivo, pues se trabaja muy poco con las manos, pero permite cambiar el refrán: “Manos frías, hojaldre todos los días”. Es mi caso.
Mejor en invierno que en verano. En verano la mantequilla hay que trabajarla muy rápidamente para que no se funda.

(8) Una vez dada la primera vuelta puede guardarse en la nevera hasta el día siguiente, ese día seguiremos con la preparación.

(9) Como ya había dicho anteriormente, la temperatura de horneado, en general, debe ser fuerte-muy fuerte al principio (220-230 grados) bajando la temperatura (160-190) una vez haya subido. Así conseguimos que se haga por dentro. En ningún caso debe abrirse el horno durante la cocción.

Creedme, no siempre sale igual pero siempre ha valido la pena, gran sabor, infinidad de aplicaciones, se congela estupendamente,… Si todavía no lo habéis hecho, probadlo, aunque sea sin cacao. También podría aromatizarse con café.

Hubo una época que lo hacía, casi, una vez al mes.

lunes 20 de agosto de 2007

Galletas con chocolate y nueces (II) (American Cookies)

Clásicos de ayer y de hoy: 2ª parte

Es la segunda receta de las clásicas “American Cookies”. La primera versión puesta en el blog, allá por el invierno, recuerdo (vagamente) que estaban muy ricas. Mi recuerdo es tan sutil que éstas se han comido a las otras. Más crujientes todavía, siempre que las dejemos tostar un poco por los bordes. Sólo un pequeño tono.

Si comparamos las recetas, los cambios son determinantes, visibles y creo que, tal vez, mejoran a las otras en algunos aspectos: mucha menos mantequilla (por huevo más de la mitad), más harina, más vainilla, una pizca de sal (realza el sabor) y, por último, mayor cantidad de chocolate y nueces. La cantidad de azúcar por huevo también es menor. Ante esas evidencias no hay más que decir, simplemente, se traducen en más consistencia y crujiente, más aroma a vainilla (frente a la mantequilla) o más sabor a chocolate y a nueces.

Clásicos

En este breve tiempo los únicos clásicos que he visto y vivido han sido los típicos del supermercado:

(1) Yo en la cola con prisas y, únicamente, con unas hojas de albahaca para una salsa boloñesa; la mujer que me precede con el carrito lleno y yo esperando… ¿Qué haríais vosotr@s? Era una buena oportunidad para que la señora hiciese “la buena obra del día”.

(2) Abren una nueva caja y… ¡tonto el último! (yo). No se guarda el orden de las otras colas.

(3) En otro supermercado compro dos tipos de peras: unas pido que me las pese sueltas para que me las introduzca en la otra bolsa (por eso de disminuir el consumo de plástico) pegando el código de barras y la mujer me mira con mala cara.

(4) En una frutería pregunto por “vainas de cardamomo”. No me pega una bofetada de milagro. ¿Habrá entendido “carca”, “mono”?.

(5) Ayer noche tenía mono de fruta -12:30 de la madrugada- y me fui al Opencor vestido con unas bermudas, camiseta y corriendo. Con la pinta que llevaba no tardé en tener a un guarda de seguridad a mis espaldas, tardó en seguirme unos segundos. Al rato ya se percató de mis (buenas) intenciones. Las apariencias engañan. Siempre prejuzgando, sólo en estos casos es cuando da ganas de quitar la “Visa Oro”.

Por no hablar de los que pretenden colarse a sabiendas en la charcutería cuando no dan número; a los que, en locales públicos, les pides (creo que con educación) si pueden apagar el cigarrillo y, a regañadientes, te miran como si les estuvieses quitando un derecho, como si los malos seamos aquellos a los que nos molesta mucho el tabaco…


M, ¿otros tiempos?

Vergüenza me dan por toscos, había adelantado algo con los brioches de naranja y chocolate. Pero les sigo conservando ese cariño, porque en ellos sigo viendo a ese niño inocente cuya inocencia ha roto las agujas del reloj, día a día y vuelta a vuelta.

A M le gustaba que hablase directamente de ella, y eso hice. Los sonetos los he guardado, no sé hasta cuando. Sólo este pequeño divertimento:

M

Mirada ardiente,
atenta, paciente,
recobra el sentido
imaginado en estío
alas en rayos perdidos.

Pepinho C., 11-3-1998

M y yo sólo nos veíamos los fines de semana…

Reflejos de piedra dura,
granito de tus entrañas,
esculpe cual “Venus”
formas apasionadas
de recuerdos desangelados
por no poder ver a su amada.

Pepinho C., 11-3-1998

Sólo el teléfono (evito deliberadamente la primera parte):

(…)
¡Centímetro!,
¡distancia infinita!,
ruta de voces distantes y vivas
que, por senderos pacientes,
caminan.

Pepinho C., 12-3-1998

Allá por mi cumpleaños, creo recordar que mis dos compañeras de piso, Araceli y Susana, me había regalado un bonsái. Me habían dicho que empezase por escribirle unas palabras, eso hice.

El bonsái

Puzzle menguado
de piezas mayores.
Desenredo tu cuerpo,
simiente de vida,
hurgando en mi ser
en busca de paz escondida.

Pepinho C., 12-3-1998

Ingredientes
  • 225 gr. de mantequilla reblandecida [112 gr.]
  • 200 gr. de azúcar normal (blanco grano) [100 gr.]
  • 220 gr. de azúcar moreno [110 gr.]
  • 2 huevos [1 huevo]
  • 10 ml. de extracto de vainilla [5 ml.]
  • 375 gr. de harina normal [188 gr.]
  • 1 cucharilla (5 gr.) de bicarbonato sódico [1/2 cucharilla]
  • ½ cucharilla de sal [1/4 cucharilla]
  • 10 ml. de agua caliente (2 cucharillas) [5 ml.]. He prescindido de este elemento con muy buenos resultados.
  • 335 gr. de chocolate (agridulce) troceado [168 gr.]
  • 120 gr. de nueces troceadas [60 gr.]
(1) Precalentamos el horno a 175º C.

(2) Batimos la mantequilla con los azúcares hasta que quede suave. Echamos y batimos los huevos, uno a uno, y añadimos el extracto de vainilla.

(3) Disolvemos el bicarbonato sódico en el agua caliente. Añadimos a la mezcla. Aclaración: este segundo punto lo he obviado, no he empleado agua, he añadido directamente el bicarbonato en la harina.

(4) Tamizamos la harina, salamos y, si no hemos empleado agua, añadimos el bicarbonato directamente sobre la harina. Añadimos la harina a la mezcla, los trozos de chocolate y las nueces troceadas. Podéis sustituir parte del chocolate por chocolate blanco, sólo un poco, otro toque distintivo.

(5) Formamos bolas y ponemos sobre una bandeja con papel de hornear, achatándolas muy ligeramente. Si las queremos más finas las achatamos más. Podríamos guardar la masa en el frigorífico envuelta en plástico, como he hecho yo, si queremos realzar (más todavía los sabores) o, sobre todo, acabar de hacerlas en otro momento.


(6) Horneamos durante 10 minutos en horno precalentado a unos 175º C o hasta que los bordes empiecen a tomar un ligero color marrón. Para mi gusto el punto exacto es cuando las galletas adquieren cierto toque marrón en los bordes. Retiramos del horno y dejamos enfriar en la bandeja hasta que se hayan endurecido lo suficiente como para que no se rompan.


Guardamos en un recipiente hermético, así aguantarán varios días.
No emplearé más adjetivos calificativos, espero que hablen por sí solas…

¡Besos!

domingo 19 de agosto de 2007

Pastel de zanahoria

Centro de gravedad

Clásicos

Hoy, tal vez por oír hablar de Venecia, me he acortado de “Muerte en Venecia” y de Gustav Malher, aunque el uso que hace L. Visconti de los zooms me hubiese dejado en las primeras escenas (y en la primera visión) un poco desconcertado. Pasaré a algo más alegre, tal vez un poco de Preston Sturges, y espero acabar con un postre de los que me gustan, dulce a la vez que amargo, quizás con un poco de limón o crême fraiche. Creo que esta semana será la semana de los clásicos.

Recetas clásicas, caseras, sencillas y, sobre todo (para mi gusto), ricas. Presentaré alguna receta de otro modo, esperando y deseando que no parezcan lo que son o que no sean lo que parezcan. Ya veremos. Intentaré, lo repito: intentaré, darle a las recetas de ¿toda la vida? (¿de quién?) un punto de vista diferente y, espero, algo mejor. Tal vez mañana cambie de rumbo y me vaya a las antípodas, nunca se sabe. Tal vez pruebe a hacer los dulces de coco como antaño, con leche condensada. Tal vez tenga tiempo. Tal vez haga calor. Tal vez escriba o tal vez no. Tal vez.

¿Cuántas recetas de pastel de zanahoria habré hecho?, unas cuantas, unas publicadas y otras no. Todas diferentes, casi diferentes. Con almendra, con avellanas, con coco (bolitas de zanahoria)… todas disímiles y todas iguales; todas tienen algo en común, un equilibrio y un centro que las hace únicas pero iguales a la vez. Ese centro de gravedad que busco y no encuentro, no del todo, en otras facetas de mi vida.

Ésta prescinde de todos esos aditivos que, en el fondo, no hacen más que enmascarar un sabor único: la zanahoria. La vainilla y la canela son más que suficientes para conseguir un sabrosísimo postre. Lo diré bien alto: “SaBrOsÍsImO!”, porque éste no tiene nada que envidiar. Para mí, que yo recuerde, uno de los mejores. Los otros eran (y son) buenos, pero no son unos auténticos pasteles de zanahorias: saben a almendra, avellana o coco. He estado tentado en llamarlo: “auténtico pastel de zanahoria”; ya mostraré otras recetas, que siendo riquísimas, no son “auténticos”. Además, si os fijáis detenidamente, bajo en calorías y sin colesterol. Sólo unos pocos hidratos de carbono, un poco de energía para un cuerpo necesitado de ellas.

El mundo gira

Y gira, y vuelve a estar como estaba. Como esas figuras que no acaban de caerse, ésas que tienen el centro de gravedad muy bajo, normalmente balanceadas con arena. La figura soy yo, golpean y me levanto, hacia delante y hacia atrás…

Ayer ya estaba todo hablado, pensé. Habías asentido ante mis palabras, no pudiste negarlo; las habías aceptado sin un pero, porque las razones parecían ser las que habíamos hablado [*]. Hoy ya todo se olvida. ¡Qué rápido! Volver a empezar, ya no sé si valdrá la pena. ¡Cuándo desistiré!

Hay algo que excede los límites de cuánto pueda hacer o explicar: estar a la defensiva. Estar a la defensiva es algo que no puedo soportar, me supera. Provoca un estado de tensión y alerta difícil de llevar. Debe tenerse cuidado con todo lo que se dice, cada palabra puede causar un colapso. Un colapso directo al corazón.

No busques más. No leas más allá de mis palabras.

[*] “La infancia cubre a los niños de una burbuja que los hace inmunes a la infelicidad. Todo es perfecto (para ellos), aunque lo que los rodea no le sea. Sus padres, el entorno, todo gira en torno suyo. Nada puede salir mal, esa palabra no existe. ¿Problemas? ¿Qué son “problemas” en la infancia? Siempre la veremos como esa fase en la que todo encajaba a la percepción. Veranos perfectos, sonrisas perfectas, padres perfectos, abuelos,… No lo era, no éramos conscientes de ello, no sabíamos leer más allá de una mirada o un gesto. El niño y la burbuja, la burbuja debía haber explotado hace mucho tiempo.

Sí, hay niños sin infancia. Los desheredados del mundo, del primer mundo. Los abandonados a su (mala) suerte.

El adolescente descubre que no todo es perfecto. Que el mundo no gira en torno a ellos. Que han dejado de ser el centro de gravedad del universo. Que el Universo es finito y se expande, sin saber cómo o hacia dónde. Que son uno más, que sus padres no son perfectos, que su físico ha cambiado, que no siempre tendrán diez años, que el amor es bello y duro a la vez, que no siempre es correspondido, que correspondido no siempre es accesible. Pero… ¿quién quiere un mundo perfecto?

No esperes que todo gire en torno tuyo, no lo esperes. No quieras recuperar esa postal (ficticia) poniéndome a mí en la foto, no es posible. No sé hacer burbujas, se me explotan con facilidad. Cede algo de tu tiempo y tu espacio, sé generosa con él y tendrás tu pequeña burbuja. La burbuja no explotará, la verás desde fuera y, sólo en ese caso, podrás llenarla de lo que más quieras… y sólo podrá explotarse desde dentro. “

Ingredientes
  • 130 gr. de harina
  • 1 cucharilla de bicarbonato sódico
  • 1 cucharilla de levadura química (Royal), polvos de hornear ;-)
  • 1 cucharilla de canela en polvo
  • Una pizca sal (opcional, sí opcional)
  • 2 huevos grandes
  • 180 gr. azúcar blanco grano
  • 5 ml aceite de oliva (no demasiado fuerte)
  • 5 ml de extracto vainilla
  • 300 gr. zanahoria triturada (rallada)
  • Nueces picadas, unas pocas, un par de cucharadas. No las he pesado, tal vez la próxima vez (podrían ser unos 50 gr. o algo así, vayan a saber)
(1) Tamizamos la harina, añadimos el bicarbonato, la levadura química y la canela. Mezclamos bien y reservamos. Trituramos las zanahorias, deben tener la consistencia similar a la de la almendra molida. Este proceso lo realizo con el triturador de la batidora, quedan relativamente bien.

(2) Precalentamos el horno a unos 175º C, algo más si con la cantidad de masa resulta un bizcocho fino. Postre grueso: más tiempo, menor temperatura (para que se haga por dentro); postre fino: menos tiempo a mayor temperatura.

(3) Levantamos los huevos con el azúcar hasta que quede pálido y espumoso. Añadimos el aceite y la vainilla. Echamos, poco a poco, la mezcla de harina, sin revolver demasiado y con cuidado, mejor con una espátula y de forma envolvente.
Añadimos las zanahorias trituradas, también con mucho cuidado. Sólo el tiempo necesario para que quede mezclado.

(4) Vertemos sobre un molde engrasado y enharinado de unos 22 cm. de diámetro. Lo hice en un molde de esas dimensiones pero con la mitad de ingredientes y quedó demasiado fino pero rico. El molde de 20 cm. que tengo es demasiado bajo y con ondulaciones laterales. Hacedlo con la cantidad indicada en la receta y no os arrepentiréis, no sobrará.
Horneamos durante unos 40 minutos a unos 175º C, aproximadamente, hasta que no salga húmedo. No debe abrirse el horno, por lo menos durante los primeros 30 minutos de cocción. Si os queda muy fino dejadlo menos tiempo.


Dejamos enfriar totalmente y espolvoreamos con azúcar polvo. Si lo espolvoreásemos antes el azúcar se derretiría, obviamente.

Si el “dulce de coco” tenía ciertas dudas sobre si le gustaría a todo el mundo (el coco no es “santo de devoción” de mucha gente y hay que hacerlo el tiempo justo para que no quede demasiado duro –podría hacerse con leche condensada-), este postre no falla nunca (“nunca digas nunca”, diré “casi nunca”). Motivos: riquísimo, incluso para aquellos a los que no le gusta la zanahoria; bajo en calorías, para aquellos que están a régimen; sin colesterol, no lleva mantequilla ni margarina; fácil, sólo mezclar y hornear; entretenido, para aquellos, como yo, que necesitan hacer algo, sea lo que sea…

viernes 17 de agosto de 2007

Dulces de coco

De colores

“… se visten los campos en la primavera”. De colores son estos maravillosos dulces y “de colores” me trae recuerdos de la infancia, como no. Porque es de esos postres inconfundiblemente para niños y mayores.

“De colores”. Me acuerdo de aquellos tres años de internado, con canciones religiosas y otras no tanto. Recuerdo las canciones que me cantaba mi madre, ésta era una de ellas. Era muy madrugador y, con mi madre todavía en cama, saltaba desesperado para que me contase un cuento (“toca Bartolo") o me cantase un canción. Si, raras veces, se quedaba mi padre estaría entre los dos. Los cuentos eran mañaneros, nada de contarlos por las noches. Las noches se repetían: “un pis y a la cama”, de rodillas rezando a los pies de la cama (“cuatro esquinitas..”, “Jesusito de mi vida…”, ..) y a dormir, en invierno con bolsas de agua a os pies. Más rápidamente cuando ponían “Hombre rico, hombre pobre” (ni me acuerdo, era muuy pequeño) o una película con un rombo.

¡Qué viene el coco!

En aquellos tiempos no me gustaba el coco. No sé por qué, tal vez porque era el peor (que no malo) de los impresionantes pasteles de la pastelería del pueblo, pastelería Almar (“todojunto”). Triángulos de cabello de ángel, profiteroles, palmeras, merengues y, por último, unas cocadas que ahora sí añoro.

No era lo único que no me gustaba del todo. Tampoco el queso (no demasiado), la cebolla (cruda), el tomate, el arroz con leche o, en general, embutidos del tipo de jamón de York. Es probable que mi gusto no estuviese preparado para el grado de acidez que tenían esos productos. No sé si fueron los años, los colegios internos o las necesidades, pero todos ellos han pasado formar parte de mis preferidos, a excepción de los fiambres que no considero nada del otro mundo, sólo cocinados. El arroz con leche ahora es una de mis perdiciones…

El después del porqué

Qué es apetitoso y qué no. Qué está rico y qué no. Qué es salado, dulce o amargo. Qué es bueno y qué es malo. Qué me gusta, qué no me gusta. Todo. De quién hablas, para quién; a quién juzgas, para quién.

Desconozco las respuestas, porque no existe solución (única), ni para mí. Un momento lo cambia todo. Ahora apetece, mañana no.

Con M, pese a sus fluctuaciones desconcertantes, sé qué puede ser apetitoso (“el coco”, por ejemplo); en vosotros, ni la más remota idea; en mí, ni lo he pensado.

Una premisa importante: “que no te vea cocinar”. En la encimera no puede haber: vinagre, curry, dulce para plato salado;… En el plato cualquier cosa es posible y gustosa, llega con desconocer qué lleva. Ese plato que tanto te ha gustado llevaba curry y dulce, eso sí, sin saberlo. Premisa nº 2: “emplea aceite de oliva virgen extra para todo”, no lo pondré sobre la encimera, lo usaré y notarás la diferencia. Lo usaré, incluso, en esos platos: “fríelos en cualquier aceite”; “cualquier” para mí es “uno”, sólo uno. Salvo masas dulces.

El sol ya proyecta sombras en los surcos formados en la arena. Es tarde para estar aquí, la semana pasada parecía más temprano, incluso aquí, tan cerca del fin del mundo. Nos veremos, y cuando volvamos realmente a estar juntos sabremos si podremos o no. Quedan 13 días para que te enfades, o no, con tus razones y yo con las mías.

Facilísimo con pura energía

Ingredientes
  • 120 gr. de leche evaporada [60 gr.]
  • 250 gr. de coco rallado [125 gr.]
  • 355 gr. de azúcar [178 gr.]
  • 36 gr. de mantequilla [18 gr.]
  • 1 cucharilla de esencia de vainilla, 5 ml. [2,5 ml]
  • Colorante (opcional)
(1) En una tartera echamos todos los ingredientes menos la mantequilla. Ponemos a fuego medio-bajo, removiendo sin parar con una cuchara de palo hasta que se haya creado una pasta (sólo para mezclar bien). Poco tiempo, si lo cocemos demasiado acabará por endurecerse.

(2) Retiramos del fuego, echamos la mantequilla y el colorante que más nos guste. Removemos bien para que la mantequilla se funda y el colorante quede bien repartido. Antes de echar el colorante podríamos separar la masa en varias porciones y añadir distintos tipos de colores.

(3) Echamos sobre un molde cuadrado o recipientes plásticos. Alisamos bien la superficie y dejamos enfriar. He empleado “fiambreras”. Cortamos cuando haya enfriado y todavía no se haya endurecido del todo, siempre antes de introducir en el frigorífico. Si están muy fríos el corte puede resultar más difícil de realizar.

Introducimos los trozos cortados en el frigorífico hasta la hora de consumir. Ricos, ricos y muy coloristas para los niños (y mayores).

Quiche marina

Quiche/kuchen

Su nombre, aunque el que nos ha llegado es la escritura y fonética francesa, en realidad procede del alemán: kuchen. La primera (¿es femenino?, sí) quiche que hice, hace ya unos años, fue una versión de la famosa quiche de Lorraine, que en algún libro he leído como ¡“quiche de Lorena”!. Desde ese momento este plato lo he preparado con gran diversidad de ingredientes y opciones: de espinacas y espárragos; de anchoas, tomates y aceitunas; jamón; 4 quesos; salmón ahumado (uno de los preferidos de M)... Como se trata de una tarta salada, las opciones son muchas y a gusto de los comensales.
Lo que sí no debe, o suele, faltar en una (¿sigue siendo femenino?, sí) quiche son los huevos, la nata y la sal. Pimienta, nuez moscada y queso también suelen emplearse.

Pretendo, únicamente, aportar una base o idea que pueda servir como punto de partida a aquellos que nunca la hayan probado o a aquellos que no se han atrevido con otros ingredientes. Esta vez ha sido un relleno de productos del mar; rellenos vegetales o con embutidos también están buenísimos.

Acostumbra a tomarse caliente, sin embargo, a mí me gusta templado o incluso a temperatura ambiente.
Invenciones mínimas

Carmen lo tenía claro, desde su nacimiento. Así lo llevaba escrito y así sería. Le habían puesto varios nombres, pero todos la conocerían como Carmen, Carmen Rodríguez de Prada.

Carmen iría, casi con toda seguridad, a un colegio interno, tal vez de carácter religioso. Estudiaría letras, porque “las mujeres no están preparadas para pensar en otras cosas”, decían sus padres. De hecho aspiraban, he dicho “aspiraban” porque la aspiración era compartida, a que llegase a acabar Derecho.

Se licenciaría. Sólo en ese momento tendría un novio formal: Jose (no José) o Borja, el hijo de algún amigo de la familia que conocía desde la infancia. Cuando él hubiese acabado medicina, como su padre, le haría una petición formal de matrimonio. Él le regalaría una pulsera o una alianza, ella un reloj.

La boda se celebraría, como es costumbre, en su ciudad, cursos prematrimoniales y frac incluidos. Asistirían todos los amigos de sus familias y alguno que otro de la época estudiantil. Esa noche sería la primera noche, porque así lo habían hecho sus padres y los padres de sus padres.
Tendrían entre cuatro o seis hijos. Al final optarían por cuatro, “no están los tiempos como para permitirse esos lujos”. Uno detrás de otro, no querían que se llevasen más de dos años entre cada uno. Sus hijos también lo tendrían claro, para empezar ya los vestían con esos pantalones y faldas a cuadros con unas medias hasta la rodilla. A veces, un abrigo azul celeste y unos zapatos de charol.

He aquí dónde surgía la primera duda ¿existencial? Carmen y Jose siempre lo tendrían claro, pero esta vez no sería así. No sabrían si ejercer de “familia conservadora” o de “progresismo burgués”, todo tenía sus pros y sus contras. Si optaban por familia conservadora sus hijos irían a un colegio religioso y seguirían la tradición familiar. Si, por el contrario, optaban por ¿un cambio radical?, sus hijos irían a un colegio de pago con uniforme de otro color y sin cuadros. Gran dilema. Optaron por seguir la tradición familiar.
Pasearían todos los domingos, vuelta y vuelta, por la calle Real. Los niños delante y el pequeño en un carrito empujado por el padre.

Jose trabajaría mucho, demasiado. Tanto que pasaría las noches en la oficina (eso le decía a Carmen). En esas ausencias, ella también trabajaría en casa. Pero todo estaba permitido. Ya lo decían sus padres: “no hay que serlo, hay que parecerlo”. Cada vez él trabajaba más y ella también, sobre todo cuando los niños estaban en el colegio.

Así pasarían el resto de sus vidas, paseando y paseando por la calle Real. Sin plantearse nada, porque desde pequeños los tenían claro. Así se lo habían dicho sus padres y así tenía que ser, pensaban.
Pasarían los años y, llegado el momento, ya no estaría aquí. Una esquela a toda página rezaría: “… de tu hijos, nietos y demás parientes”. Acudiría mucha gente. Todos. Al día siguiente nadie se acordaría de su nombre, porque desde pequeña… lo tenía claro.
Masa quebrada

De la masa quebrada ya he hablado bastante cuando elaboré la tarta de ciruelas. En este caso he optado por hacer su versión salada, como no, con un huevo, aunque en realidad para nuestro molde de 20 cm. haya empleado la mitad ;-):

Ingredientes
  • 250 gr. de harina [125 gr.]
  • 125 gr. de mantequilla [68 gr.]. Si añadimos algo más quedará más quebrada.
  • Un poco de sal, media cucharilla o algo más [una pizca ;-)]
  • 1 huevo o yema [28 gr.]
  • 3 cucharadas de agua (opcional) [1 cucharada]

(1) En un bol echamos la harina con sal y formamos un volcán. Cortamos la mantequilla en trozos pequeños, la añadimos a la masa y, ayudándonos de las manos, la desmenuzamos hasta que casi tenga la consistencia y el aspecto de pan rallado.

(2) Añadimos el huevo semibatido y, sin trabajar demasiado la masa, formamos una bola. También podríamos añadir un poco de agua para que la masa ligue con más facilidad. En realidad el agua no es necesaria, yo no lo he hecho ni suelo hacerlo, sólo cuando no le pongo huevo.

(3) Envolvemos la masa en un plástico transparente y dejamos reposar en el frigorífico durante media hora o más, unas 2 horas puede ser óptimo.

(4) Pasado el tiempo, precalentamos el horno a 200º C. Retiramos la masa de frigorífico y, con ayuda de dos trozos de bolsas de congelación o una superficie enharinada, la estiramos hasta que tenga unos milímetros (3 ó 4) de espesor. Forramos el molde untado con mantequilla y ligeramente enharinado, eliminando el exceso de masa pasando el rodillo por el borde superior.

Aclaración: la masa quebrada se cuece a horno muy caliente, durante unos 30 ó 35 min. Como la vamos a rellenar, la coceremos sólo quince minutos para rellenarla con posterioridad y acabe de hacerse con el relleno.

(5) Pinchamos la superficie de la masa con un tenedor, para que no suba, cubrimos con papel de hornear o papel de aluminio y rellenamos con unos garbanzos u otro tipo de elemento que ejerza presión sobre la masa. Horneamos a 200º C durante unos 15 minutos. Retiramos y dejamos enfriar.

Relleno
Por una vez, las cantidades que he empleado no son las indicadas entre corchetes. La versión entre corchetes es para un molde de unos 24 cm (2 huevos si se usan muchos ingredientes de relleno y 4 huevos con pocos). Cada cual debe ajustarse al tamaño del molde. Como lleva mucho relleno (2 pescados incluidos), la versión que he utilizado para un molde de 20 cm. ha sido la de 1 huevo.
  • 75 ml de nata líquida [150 ml.] [300 ml.] (*)
  • 1 huevo [2 huevos] [4 huevos] (*)
  • Sal, pimienta y nuez moscada, cantidades a gusto (*)
  • Una cucharada sopera de queso gruyere ó parmesano. A gusto.
  • 2 ó 3 lirios o bacaladillas. Ésta es una idea, podría emplearse otro pescado.
  • 4 ó 5 palitos de cangrejo (surimi)
  • Gambas
  • Perejil y/o cebollino picado, un poco.
  • Estragón, una pizca
  • Otras ideas u opciones: añadir huevo duro (he usado uno) o un poco de queso fresco para dar cuerpo y textura.

Nota: los ingredientes con asterisco (*) creo que no debe faltar en casi ninguna quiche. El resto a gusto.

(1) Si vamos a emplear un pescado, lo ponemos en sal y freímos previamente. Como he dejado la quiche al horno durante bastante tiempo y cortado fino el pescado, no los he freído, pero es una buena opción para garantizar que el pescado esté bien hecho.

(2) Batimos los huevos, los mezclamos con la nata y los aderezamos con un poco de sal, pimienta y nuez moscada. Añadimos todos los ingredientes menos el pescado: palitos de cangrejo, gambas, huevo cocido y troceado, perejil,…

(3) Ponemos el pescado sobre la superficie de la masa quebrada y, con cuidado, vertimos el relleno hasta alcanzar borde del molde. Introducimos en el horno precalentado a unos 200º C y dejamos cocinar durante unos 30 minutos o más, hasta que esté dorado y hecho por dentro.
Retiramos del horno, dejamos templar y… ¡a comer! Se puede tomar caliente, fría o a temperatura ambiente. Como he dicho, a mí me gusta tanto o más que caliente, los sabores se realzan tras ese reposo.

El plato de lujo que se puede preparar con antelación.

martes 14 de agosto de 2007

Tarta de queso estilo New York (con crême fraiche)

Why?

¿La mejor tarta de queso al horno?

No hay respuesta exacta a una pregunta tan tajante y directa. Si no es la mejor, ahora que la estoy tomando me lo parece, es una de las mejores. En temas gastronómicos es buena señal que el presente y el futuro sean (quisiera decir “parezcan”) mejores: se evoluciona y aprende de los errores; en la vida pasa al revés, de memoria: “Despierte el alma dormida, (…) cómo después de acordado da dolor/ cómo, a nuestro parecer, cualquier tiempo pasado fue mejor…”

Tengo cierto cariño algunas tartas de queso horneadas, como, por ejemplo, a la tarta de queso Bailey’s, tanto que este año la realicé dos veces ;-). Raro en mí, que me gusta probar nuevos sabores y sustancias. Esta vez quizás tarde menos en repetir, siempre que repongan la crema ácida en el supermercado.

Tal vez no suene muy modesto, pero la suerte ha hecho que resultase casi insuperable (para esta receta): horneado a temperatura adecuada y durante el tiempo justo (no se ha agrietado lo más mínimo); huevos no demasiado batidos, sólo lo justo para que quedasen bien mezclados y no cogiesen aire; temperatura (fría) adecuada para degustación; y un complemento adecuado, frambuesa. La suerte, por una vez, ha estado de mi parte, y de la de M, a la que también le ha encantado.

Mañana tal vez no

Mañana tal vez no me parezca tan perfecta, ni tan sabrosa, ni tan apropiada. Hoy estoy en la fase de “enamoramiento”; todo lo perdona, incluso no haber medido con exactitud (para poder transcribirla) las cantidades empleadas en la cobertura. Cuando deje de estar enamorado, se acabe su pasión, me iré con otra. La iré devorando poco a poco, como un cruel “vividor”. Al nuevo amor le daré todo mi cariño, le dedicaré mi tiempo y mis miradas. Pero muy pronto me plantearé recuperar recetas casi olvidadas y que realizaba en casa de mis padres hace ya unos años: aquella “tarta de queso y leche condensada” u otra tarta de queso crema, sin nombre conocido; porque los amores de la infancia siempre vuelven. Siempre están ahí, en la memoria, cuando despiertan te dicen que algo no marcha bien, que algo falla, que debes plantearte algunas preguntas sobre tu presente y, sobre todo, futuro.

El paraíso en la tierra

Sol. Llegué corriendo a la playa, venía de correr, el tramo final entre las sombras de los árboles. Suficientemente alejada de la carretera como para que la gente, perezosa, intentase acercarse. Ya había preparado la comida a primera hora de la mañana, la había guardado y M se había encargado de acercar el coche hasta unos quinientos metros de la playa. Miré el horizonte, un día de calor. El agua estaba tranquila y en paz, la playa casi en soledad. La arena fina se introducía entre los dedos, ardía, pero no demasiado. Pensé: “el paraíso”. M se me acerca, sonríe y me dice: “esto es un paraíso”. “Un paraíso en la tierra”, pensé. A ver cuánto duraba, una hora sería suficiente.

Why?

¿Por qué no duermo? ¿Por qué estoy tan confuso? ¿Por qué siempre las mismas preguntas en estas fechas? No tienes más tiempo, lo desperdicias de otro modo. La noche se me hace muy larga y borrosa; el calor ayuda.

¿Por qué (casi) no como? ¿Por qué la comida no me apetece?, sólo cocinar. Actividad. Es un círculo vicioso, una cosa lleva a otra: calor-correr-ausencia de apetito. Una caída a la deriva. Estás en los huesos, por lo menos eres consciente de ello.

¿Por qué estoy escuchando “Te recuerdo Amanda” en voz de Victor Jara? “… la vida es eterna en cinco minutos…”. Ya suena “Honesty” de Billy Joel. Pepinho, te estás cayendo, levántate, no escribas más y, por favor, no pienses más. Ya te cuesta escribir, hasta tal punto que te has quedado abstraído con la siguiente canción, una hermosísima versión instrumental de “Dos en la carretera” por Henry Mancini… acuérdate de la sonrisa de Audrey Hepburn.

La tarta y los puntos de interés

- En primer lugar necesitaremos un buen molde desmoldable. Lo mediré, pero creo que es de unos 21 cm. Esta vez, para evitar la costra lateral formada por la harina y por el hecho de usar un molde antiadherente, no he engrasado ni enharinado el lateral; como mucho lo he untado con un poco de margarina.

- Los huevos no deben batirse. Deben añadirse uno a uno, hasta que estén perfectamente incorporados. Si los batimos demasiado, cogerán aire que hará que suba en el horno y se baje una vez frío, formando esa depresión central propia de muchas tartas de queso hechas en casa o, incluso, compradas en pastelerías. El tono tostado tampoco suele ser muy agradable a la vista. Para gustos.

- El horneado debe realizarse a baja temperatura, no superior a 170-175º C y con humedad: al baño María para que se haga de forma uniforme. Esta vez la he horneado a unos 160-165º C pero podría realizarse a menos temperatura, como si de un flan se tratase.

- Como se cocina a baja temperatura, el tiempo que debe estar encendido el horno debe ser relativamente prolongado. Entre 1 hora y 1 hora 30 minutos. Creo que ha estado, aproximadamente, durante 1 hora y 15 min. (he usado 2/3 de ingredientes). Si horneamos a unos 175º C una hora puede ser más que suficiente.

- Importante: nunca debe abrirse el horno durante el proceso, sólo pasadas unas 5 ó 6 horas de espera con el horno apagado. Mejor de un día para otro. El hecho de dejar la tarta en el horno permite que acabe de cocerse, tome sabor y no se desmorone lo más mínimo.

- Se toma fría, por lo que una vez retirada del horno debe introducirse en la nevera hasta que llegue la hora de tomarla.
Base de galleta
  • 155 gr. de galletas de tipo Digestive o similares.
  • 30 gr. de chocolate negro (opcional).
  • 50 gr. de mantequilla fundida.


(1) Trituramos las galletas con el chocolate, hasta que queden bien pulverizadas. Yo empleo el triturador que viene con la batidora, cada uno que elija la opción que tenga a mano.

(2) Derretimos la mantequilla durante unos segundos en el microondas (que no se queme) y, con ayuda de una espátula mezclamos con las galleras hasta formar una pasta.

(3) Engrasamos la superficie del molde (no necesario) o ponemos papel de hornear en la base (mejor). Cubrimos con la pasta de galletas, alisamos bien y, mientras seguimos preparando la tarta, llevamos al frigorífico para que se endurezca antes de hornear. También podría llevarse al horno a temperatura baja durante unos minutos. Yo prefiero llevarla al frigorífico.

Relleno
Nota: mejor, si la queremos más gruesa, puede emplearse el doble de ingredientes (4 huevos). Esta vez he expresado entre corchetes las proporciones para 3 huevos. Yo he usado la versión de 2 huevos (primera cantidad)
  • 450 gr. de un buen queso crema [675 gr.]
  • 150 gr. de azúcar [225 gr.]
  • 90 ml. de leche [135 ml.]
  • 2 huevos [3 unidades]
  • 115 gr. crème fraîche [173 gr.]
  • 8 ml. de extracto de vainilla [12 ml.]
  • 15 gr. de harina [23 gr.]

(1) Precalentamos el horno a unos 165º C y ponemos un recipiente grande o varios pequeños con agua.

(2) En un bol o tartera, mezclamos el queso crema con el azúcar hasta que quede suave y homogéneo. Mejor retirar antes el queso de la nevera para que se reblandezca a temperatura ambiente.

(3) Añadimos la leche y mezclamos hasta que esté incorporada. Echamos los huevos, uno a uno, y con ayuda de una varilla removemos sólo lo suficiente para que queden mezclados e incorporados. Nada de batir.

(4) Añadimos la crême fraiche o crema ácida, la vainilla y la harina tamizada. Removemos hasta que quede una masa homogénea y sin grumos. Tampoco debemos batir.

(5) Retiramos el molde del frigorífico y lo rellenamos con la mezcla, colándolo a medida que lo echamos lentamente en el molde. Así eliminamos los posibles grumos y evitamos el exceso de burbujas.

(6) Horneamos durante entre 1 hora y 1 hora 20 min. La he dejado 1 hora 15 minutos aproximadamente. No debemos abrir la puerta en ningún momento. Pasado el tiempo, apagamos el horno y, sin abrir la puerta, lo dejamos durante unas 6 horas más. Mejor de un día para otro.


(7) Cubrimos a gusto e introducimos en el frigorífico hasta la hora de servir. Una sencilla mermelada de frambuesa (colada para evitar las pepitas) puede ser una gran opción. También podríamos añadir la mermelada cuando se sirva el postre. Para mi gusto, la frambuesa es una gran opción.
Yo he empleado la siguiente cobertura:

Cobertura de frambuesa
Nota: las medidas son aproximadas. Puede realizarse como más guste.
  • 90 gr. de azúcar.
  • 30 gr. de agua.
  • 1 hoja de gelatina o algo más.
  • ½ bote, aproximadamente, de confitura de frambuesa, colada y sin pepitas. Unos 160 gr.

(1) Dejamos la hoja de gelatina hidratándose en agua fría durante unos 5-10 minutos.

(2) Preparamos un almíbar con el azúcar y el agua. Cuando esté a punto de hebra, añadimos la hoja de gelatina hidratada, mezclamos, y la confitura de frambuesa, la necesaria para que tenga algo de cuerpo, color y sabor. Mezclamos bien a fuego bajo y dejamos templar un poco antes de cubrir la tarta, lo justo para que no esté demasiado líquida y no se derrame.

De las mejores, que yo recuerde, claro. Debo decir que, por suerte, para algunas cosas no tengo demasiada memoria…

sábado 11 de agosto de 2007

Galletas de chocolate y café

Perdón

Me paso la vida pidiendo perdón. Perdón por el tiempo, perdón por lo que pueda suceder, perdón por ser como soy. Perdones por adelantado. Como si fuese dueño y culpable de hechos o circunstancias que se escapan de mi influencia. No puedo evitar sentirme culpable, me (han) acostumbrado a ello; por una vez permitidme culpar a otros, aunque esos “otros” no hagan referencia a nadie concreto y sí a un cúmulo de circunstancias.

Un ejemplo estúpido. Ayer noche preparé unos mejillones al vapor. Sencillo, ¿verdad? Simplemente me permití sofreír un poco de cebolla antes de echarlos, un chorrito de vino blanco y un poco de perejil picado, como si de una salsa (casi) marinera se tratase. Nada más. Los mejillones, salvo casos excepcionales, no deben salarse, y no lo hice. Por motivos desconocidos, M me dijo que sabían “algo” salados y le pedí perdón. Esa circunstancia se escapaba de mi influencia (sería sal marina). Pese a todo, me sorprende que lo estuviesen, tal vez fuese alguna forma de demostrar su “enfado” por otro tema, pero no pude dejar de sentirme culpable…

Estar de “no” y el blanco nuclear

Resulta muy difícil soportar esas situaciones. Cualquier comentario que me permita hacer, por optimista o conciso que sea, pasa a ser, por “la ley del no”, algo negativo. Las cosas no son ni blancas ni negras. Hasta el blanco casi puro tiene un poco de componente oscuro, si te aferras a esa tonalidad podrías llegar a decir que lo blanco es negro. Estar de “no”. Y no, no atiendes a razones porque te aferras a esa componente, “casi”, de negro. No lo discuto, pero tampoco me culpes por ello. Perdona.
Y fui al cine

La necesidad era tan grande, por poco sugerente que fuese la cartelera, que me he atrevido a coger “su” coche e ir a la última sesión.

Durante el verano baja la calidad de las proyecciones. Cinco o seis salas, dibujos y violencia ¿gratuita? Opté por la gastronomía infantil, que resultó un divertido incentivo a mi creciente interés por la cocina: ¡Ratatouille. Pixar no suele defraudar y esta vez tampoco lo ha hecho. Al salir del cine siempre me queda una duda: nunca me queda del todo claro si prefiero el cortometraje introductorio o la propia película. En esa cariñosa rata se verán identificados aquellos que tengan, o tengamos, esa pasión por el “arte” de la cocina. No es más que una pasión por intentar hacer las cosas bien, disfrutar de una actividad creativa e intentar hacer felices a aquellos que nos rodean.

Me siento como esa rata que quiere ser chef. No porque quiera ser ni rata ni chef, sí por la incomprensión inicial que sufre con sus semejantes. Aunque la moraleja central es otra: por diferente que seas, puedes hacer lo que te propongas si realmente lo deseas con todas tus fuerzas. Por desgracia, en la vida real no siempre las cosas funcionan igual. Siempre nos quedará el cine y París.


¡Más galletas! o la importancia de las cosas pequeñas

Durante el verano me estoy convirtiendo en un verdadero aficionado a las galletas: sabrosas, caseras, aguantan varios días y nada mejor para acompañar un té o un aperitivo. Éstas son las últimas que he realizado, por el momento. Las he dosificado para que no se me acabasen, combinándolas e intercalándolas, en dulce, con un par de tartas (la última, muy rica, será la siguiente en salir a la luz). Así siempre tengo algo dulce que tomar y, si están tan buenas como éstas, mejor que mejor.

En éstas he pensado en M, le está empezando a apasionar el chocolate, sobre todo los brownies. Recomendadas. No pediré perdón, pues sé de antemano que siempre que se cumpla la receta, y no haya errores de horneado, no fallarán nunca.


Ingredientes
  • 60 gr. de harina [30 gr.]
  • 100 gr. de almendra molida [50 gr.]
  • 1/4 cucharilla de sal [1/8 cucharilla]
  • 1/4 cucharilla de canela [1/8 cucharilla]
  • 30 ml de café cargado [15 ml.]
  • 25 gr. de chocolate negro agridulce [113 gr.]
  • 50 gr. de mantequilla (o algo menos si las queremos más consistentes) [25 gr.]
  • 1 huevo y dos claras [25 gr. huevo + 1 clara]
  • 50 gr. de azúcar moreno [25 gr.]
  • 50 gr. de azúcar grano blanco (el común) [25 gr.]
  • Azúcar grano o en polvo, para rebozar las galletas antes de hornear.


Las cantidades entre corchetes (la mitad) proporcionan unas 20 galletas o algo menos.

(1) Tamizamos la harina con la almendra, la sal y la canela. Reservamos.

(2) Hacemos un el café fuerte, según gustos. Como no me gusta demasiado el café, lo he hecho normalito y casi ni se ha notado. Sin miedo. Derretimos la mantequilla con el chocolate en el microondas o al baño María.

(3) Levantamos los huevos con el azúcar, mejor con ayuda de un levanta-claras, hasta que quede pálido y espumoso. Añadimos el chocolate derretido anteriormente y el café, no removiendo demasiado la mezcla, de arriba hacia abajo y de forma envolvente.

(4) Echamos la mezcla de harina, poco a poco, sobre el batido. Es una masa bastante líquida, no nos preocupemos pues irá al directo al frigorífico. Tapamos el bol con plástico y llevamos el frigorífico un mínimo de 3 horas, hasta que quede consistente. Mejor, puede dejarse de un día para otro (o más). Las últimas las he hecho tres días después y han quedado muy ricas (o más).

(5) Pasado el tiempo, precalentamos el horno a unos 165º C. Formamos bolas y las rebozamos en el azúcar. La textura externa varia (en apariencia) si la rebozamos en azúcar glasé o azúcar grano. De ambos modos quedan igualmente apetitosas; para gustos. Si lo hacemos en azúcar polvo deben quedar bien embadurnadas.

(6) Aplanamos ligeramente las bolas (opcional) y ponemos sobre una bandeja con papel de hornear. Horneamos durante unos 12 minutos a 165º C.


Retiramos la bandeja del horno y las dejamos enfriar un poco antes de guardar en un recipiente hermético. Duran varios días.

Otra receta más para la lista de galletas ricas, ricas… mi “pasión por el chocolate” es una perdición.

Suflé de Queso

Tal como éramos (primera parte)

Audrey Hepburn

Hacer suflés saladas no tiene ningún misterio: una bechamel (al gusto), un sabor (queso, jamón, vegetal, salmón,…), unas yemas y, por último las claras montadas a punto de nieve. Si es dulce, una crema inglesa con algún sabor opcional: chocolate, fresa,… u otro tipo de frutas. Hornear y comer.

En Sabrina, a Audrey Hepburn se le bajaban porque estaba deprimida en París, desencantada con el amor. ¡Deprimida en París! El suflé reflejaba su estado de ánimo. No intentéis identificar ese hecho con el ánimo. Tarde o temprano siempre se baja, por eso hay que tomarlo rápido y recién salido del horno. Pese a todo sigue siendo hermoso pensar en ello, la relación estado de ánimo y cocina sí existe. Amar a través de la cocina.


Diario de un rebelde

Día 1 (12 septiembre de 2000): Animales de costumbres.

Animales, sobre todo eso. Los animales no dialogan, ladran, balan, chillan... y algunos incluso hablan, no dialogan.
Admisión de costumbres, costumbres y modos, modos y hechos, hechos y personas, personas y yo. Mis costumbres son fruto de mis experiencias, sus costumbres de las suyas. Admitámoslo acabaré por aceptar sus experiencias o costumbres. Pondré allí mis zapatillas.


Día 2 (13 septiembre de 2000): El sueño del mono loco.

La cabeza no cesa en su empeño. No me deja dormir. Problemas: los que ella quiera, soluciones: las soluciones están dentro de la propia existencia (o no) del problema.
El futuro: un problema. El presente: una esperanza. El pasado: “cualquiera fue mejor”.


Ingredientes
  • 30 gr. de mantequilla [15 gr.]
  • 20 gr. de harina [10 gr.]
  • 200 ml. de leche [100 ml]
  • Pimienta
  • Sal
  • Nuez moscada
  • 75 gr. de queso emmenthal/gruyere/parmesano [38 gr.]. He usado emmenthal y gruyere a partes iguales.
  • 2 huevos, separadas las claras de las yemas [1 huevo]

(1) (Bechamel de queso) Disponemos los ingredientes, rallamos el queso. En una sartén o cazo, derretimos la mantequilla. Una vez derretida añadimos la harina y, con ayuda de una cuchara de madera, removemos para que se haga un poco, algo tostada, durante unos dos minutos.

(2) Añadimos la leche poco a poco y sin dejar de remover. Salpimentamos y añadimos un poco de nuez moscada, a gusto. A fuego suave, y sin dejar de remover, dejamos reducir durante unos minutos. Debe quedar una bechamel bastante espesa.

(3) Añadimos el queso rallado, removiendo hasta que se incorpore. Retiramos del fuego y dejamos templar. Podemos poner la bechamel en otro recipiente.

(4) Separamos las claras de las yemas. Una vez fría, añadimos las yemas una a una, hasta que quede bien añadido.
Engrasamos con mantequilla unos moldes individuales o uno grande. Con dos huevos se obtienen unos cuatro suflés pequeños. Precalentamos el horno a unos 200º C.

(5) Levantamos las claras a punto de nieve con ayuda de un chorrito de limón. Cuando estén bien levantadas las añadimos a la bechamel de forma envolvente y evitando que se bajen. Para facilitar esta acción, añadimos un poca cantidad de las claras previamente, disminuyendo la densidad inicial de la mezcla.

(6) Introducimos en horno precalentado a unos 200º C entre unos 15 ó 20 minutos, hasta que empiece a tostarse y haya subido considerablemente. Si lo hacemos en un recipiente grande debe estar algún tiempo más.

Se sirve (y come) inmediatamente. Si esperamos demasiado se bajará. No hay nada eterno ;-). Si sobra podemos calentarlo unos segundos en el microondas antes de servir.

Funciona muy bien como primer plato o como acompañamiento de otro más consistente.

jueves 9 de agosto de 2007

Tarta de ciruelas

Aislado

Las recetas

El problema no es el tiempo para cocinar, dispongo de bastante –obligatoriamente –, todos los días paso unas horas en la cocina. El problema es encontrar el tiempo para escribirlas y, todavía peor, un método bueno y rápido para publicarlas. El ciber (“O siber”, como me decía un niño cuando le preguntaba por él) no acaba de convencerme.

He realizado varias recetas y, a mi parecer, muy interesentes; postres y platos salados. Otra duda: decidir por cuál empezar. Ahora, sin motivo aparente ni decisión objetivamente razonable, empiezo por una tarta de ciruelas, muy sencilla y de la cual me ha sorprendido su frescura y sabor. Sobre todo acompañada de helado, unas natillas, crema, nata o, simplemente, azúcar lustre.

Es una adaptación de la idea (porque he hecho cambios, leves, y he modificado la masa base) que presenta el libro “Larousse de los postres” de Pierre Hermé.

M había comprado ciruelas (estaban muy económicas) con una capacidad de maduración única y muy veloz. El peligro de que se echasen a perder era evidente e inmediato. Empecé el postre con otra idea en mente, cortando cada una de las ciruelas a mi gusto. Tenía la intención de elaborar un relleno basado en una especie de crema, apetitosa en mi imaginación. La aplazo. Cuando acabé de cortarlas descubrí que la cantidad de ciruelas era excesiva para el molde de 20 cm. Así, sin premeditarlo, vino a mi memoria esta receta, en la que la decepción inicial por no ejecutar la idea inicial se transformó en sorpresa después de haberla probado, bien fría, eso sí. Mejor dejarla reposar en el frigorífico de un día para otro.


Náufrago

He venido con ella en “su” (her) coche, el mío se ha quedado en Santiago. Por las mañanas se desplaza al trabajo, vuelve, come y, si el tiempo acompaña, playa… No puedo evitar tener una pequeña sensación casi claustrofóbica. Pensar que me pueda pasar algo durante esas horas, alguna necesidad inalcanzable… esa sensación de no tener modo de desplazamiento. Quién diría que hace poco que tengo el carnet.

Por la tarde la impresión no cambia, es “su” coche y, aunque me dice que no hay problema, sé que le tiene demasiado “cariño”. Nunca he conocido a nadie con tanto “amor” (así lo llamaría) por su coche. Ha habido épocas, incluso, en las que he pensado que los cuidaba (he dicho “cuidaba”) más que a mí. Detesto ese aprecio a lo material, esa forma curiosa de “relativización negativa”.
Cuando por algún motivo hay que dejar un coche fuera, estamos en Boiro, por ejemplo, es el turno de llevar mi coche. No creo que sea una casualidad.

Sólo coger su coche me provoca un pánico, un miedo a que pueda pasarle algo, un celo difícil de sobrellevar.


El cine de abstinencia

Los deseos de ir al cine, aunque sólo sea para ver a un ratoncito chef, son agobiantes. Llevo demasiado tiempo sin ir, lo necesito, necesito esas horas de tranquilidad. Para ello tendría que desplazarme (en última sesión) hasta Vilagarcía. Lejos queda la época en la que en casi todos los pueblos, por pequeños que fueran, existía una escuela, una botica o un cine.

En Boiro llegamos a tener dos, el cine de “arriba” y el cine de… “abajo”. En aquellos años de inicio de libertades, “el de abajo” pasó durante una temporada a ser un “cine para mayores”, estrellitas en las carteleras camino del colegio. Mirábamos de reojo, sólo un poco, que era pecado; una curiosidad nada gratificante para esa inocencia todavía sin perder. El otro cine era un misterio, nada de estrenos. Un verdadero cajón desastre.

Allí, en el cine de arriba, recuerdo haber visto, en soledad tras su breve reapertura, “Cotton Club”. También recuerdo en mi infancia: ¡Tarzán en Nueva York! o Supermán 2. Siempre había muchas de kung-fu, o kárate, nunca he tenido nada claro la diferencia. Argumento: anciano tiene tienda “de-todo-un-poco”, sobrina o nieta y un grupo de malos-malísimos que lo extorsionan y chantajean. Llega el bueno-buenísimo, experto en artes marciales, se enamora de la chica y salva la situación enfrentándose a los malos que se presentaban en grupo. Cinco o seis contra uno. A veces, el bueno es un poco torpe pero, sorpresa, aprende muy rápido.

Con los años tocó cobrar el seguro y más de un cine ardió con nocturnidad y desconozco si con alevosía. Los multicines transformaron aquellos espacios y pantallas casi infinitas, por lo menos para un peque como yo, en pequeñas cajas de cerillas con 5 ó 6 salas. Alguna con apariencia de minibús.


Había otra vez…

Cruzando el puente he visto un circo, pensaba que, al igual que los cines, se habían extinguido. He visto las fieras, un tigre se relamía la boca al ver tanto hueso en movimiento…

Cuando entraban el en pueblo era una fiesta. Era nuestro gran flautista de Hamelin, todos siguiendo a esa (eterna) caravana hasta el lugar de montaje. Y allí nos quedábamos varios días, viendo las fieras y las carpas hasta que llegase el día de la función. Esa era otra historia….

El postre


Masa quebrada

Existen tantas variantes, pequeñeces, de esta receta que creo que pocas veces la hago con la misma exactitud: con huevo, con yemas, con agua, con leche, con coco, con azúcar, sin azúcar, sin sal, de almendra, de café, de cacao,…

Una receta básica y casi inolvidable es la masa 1-2-3 (Murbett); una parte de azúcar, dos de mantequilla y tres de harina, el resto es opcional. Cuanto más mantequilla, más quebradiza será.

Para elaboraciones saladas suele emplearse una masa brisée con el doble de harina que de mantequilla, huevo, sal y, opcionalmente, una cucharada de agua o (incluso) azúcar. El azúcar se añade en el caso de una preparación dulce o agridulce.

En esta versión he querido evitar el huevo por tres motivos: 1º) he usado un molde de 20 cm., por lo que me daba pena dejar en el frigorífico parte del huevo o la clara; 2º) sin huevo resulta más quebradiza y menos pegajosa a la hora de trabajar; 3º) quería aromatizarla con vainilla, aportando líquido a la masa, por lo que el huevo es menos necesario.

Esta vez he realizado una masa que podría emplearse para un quiche, ya explicaré los motivos, endulzada con algo de azúcar y ligado con agua. Probad la que más os guste, una 1-2-3 con margarina resulta más dulce y más sana, sin colesterol ;-). Para mi molde de 20 cm. ha sido suficiente con las cantidades empleadas entre corchetes:

Ingredientes
  • 200 gr. de harina de repostería [125 gr.]
  • 120 gr. de mantequilla [63 gr.]
  • 2 cucharadas colmadas de azúcar, unos 30 gr. [2 cucharadas o algo menos]
  • ½ cucharilla de sal [1/4 cucharilla]
  • 2 cucharillas de esencia de vainilla [1 cucharilla]
  • 2 cucharadas de agua (se puede prescindir de ella, pero ayuda a ligar la masa) [1 cucharada]

(1) En un bol tamizamos la harina con el azúcar y la sal. Formamos un volcán.

(2) Troceamos la mantequilla en daditos, la añadimos y, con ayuda de las manos, la deshacemos hasta que tenga la consistencia y aspecto de pan rallado. Recuerdo que hace un par de años este proceso lo hacía con ayuda de dos cuchillos; era un trabajo demasiado riguroso e innecesario.

(3) Vertemos el agua y amasamos rápidamente, sólo hasta que ligue bien. Formamos una bola.
Razones de la rapidez: que no se contraiga demasiado al hornear y que no se desmorone. Recubrimos (bien) con un plástico transparente para que no se seque y dejamos reposar en el frigorífico un mínimo de 30 min. Puede dejarse muchas horas.

(4) Retiramos la masa del frigorífico. Si está demasiado dura la sobamos un poco para calentar algo la mantequilla. Ponemos entre dos bolsas de congelación o sobre una superficie enharinada abundantemente y estiramos hasta obtener el grosor deseado.

(5) Engrasamos (no demasiado), enharinamos el molde y cubrimos con la masa. Este proceso lo hago eliminando únicamente una de las bolsas de congelación y empleando la otra para realizar presión sobre el molde. Cortamos los restos pasando el rodillo sobre el (borde del) molde. Pinchamos la superficie con un tenedor para que no suba.
Reservamos y preparamos el relleno.


Relleno

Más fácil imposible. Escribiré las cantidades que pone en el libro, pues yo las he realizado a ojo y a mi gusto. A mayores, le he echado un poco de azúcar vainillado. Casi copy-paste:

Ingredientes
  • 500 gr. de ciruelas.
  • 110 gr. de azúcar en polvo. He combinado azúcar en polvo con azúcar grano.
  • Una cucharadita de azúcar vainillado.

(1) Lavamos las ciruelas y retiramos el hueso central sin separar completamente las dos mitades. Bien, en mi caso he pasado por alto lo de “sin separar las dos mitades”, tal vez si el molde fuese mucho más grande… No he observado ningún problema por este hecho.

(2) Espolvoreamos el molde recubierto con la masa quebrada con unos 40 gr. de azúcar. Aquí me pregunto ahora: ¿no le vendría bien pitarlo con un poco de mermelada de ciruela?, por aportar otra idea. Colocamos las ciruelas con el lado abombado hacia abajo, espolvoreamos con otros 40 gr. de azúcar y la cucharilla de azúcar vainillado.

(3) Introducimos en horno precalentado a unos 200º C (o más) durante un mínimo de 30 min., hasta que tengan una consistencia casi deshecha.

(4) Dejamos enfriar totalmente y, para mi gusto, introducimos en el frigorífico para que a la hora de tomar esté bien fresquita.

La tomamos espolvoreada con azúcar polvo antes de servir (unos 30 gr.). También podría tomarse con un helado de vainilla, nata montada o, como he hecho, con unas natillas o crema pastelera.


Muy rica. Aunque las ciruelas estaban muy maduras, la tarta tenía un sabor agridulce excepcional para mi gusto).

lunes 6 de agosto de 2007

Galletas de jengibre (y canela)

Y han vuelto las (oscuras) golondrinas

He levantado la cabeza y allí estaban, como en mi infancia. Ya no recordaba su sonido ni su revolotear. Incluso mi memoria me había hecho creer que era un ave primaveral. Tal vez el cambio climático, tal vez mi memoria.

Antes de correr. En la calle, levantando la cabeza hacia la ventana, con la persiana todavía baja. M todavía no se había levantado. Justo debajo del alero, allí estaban, intentando buscar el mejor sitio para anidar.

En realidad dudo que hubiesen sido golondrinas, por pequeñas, tal vez aviones. Los de mi infancia también lo eran. En casa de Quique, en los balcones. Allí estaban todos los años, construyendo esos nidos de paja y arcilla que abandonaban antes de que llegase el frío.
Un día año no aparecieron, dejando los nidos vacíos. No podría precisar cuándo, sólo que ya no estaban allí. Los nidos acabaron por deshacerse o ser limpiados. El tiempo también los había limpiado de mi memoria. Hasta hoy, que los he vuelto a ver, espero que sea para quedarse…


“Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro”

Así ha sido. Así empieza el libro, recogido al azar de entre los que algún día había seleccionado y tenía sobre la mesa del estudio. Y lo he empezado, ese inicio no podría dejarlo pasar.

Los milagros en esta isla no han sido curaciones espléndidas, ni multiplicaciones de panes. Los milagros han sido pequeños descubrimientos, como este atardecer en la playa o, por una vez, un silencio complaciente y nada cortante. Sin excusas.

Ella ha dicho: “parece un paraíso”. No he dicho nada, no era necesario. Un paraíso interior, diría yo, aunque sólo sea por un momento.

Tengo un poso en la conciencia, culpabilidades desconocidas (hasta por mí) y que, sin haberlo predicho o esperado, me han trastornado. Espero aclararlas. Mi vida ya está lo bastante confundida como para echar más leña el fuego.


Siguen siendo las galletas

Mientras no pare mucho por “casa” seguirán siendo una de mis primeras elecciones. Cosas pequeñas con grandes sabores y aromas. Sustancias que me permitirán probar sin esfuerzo ni pena por haber perdido un tiempo deseable. No ha sido así, éstas han sido una muy buena elección, como lo habían sido las magdalenas (muffins) de días atrás.

Nunca he utilizado mucho el jengibre, sólo alguna receta de origen desconocido. El resultado placentero ha despertado en mí un interés por este ¿tubérculo? que no parará por una temporada. He usado jengibre molido, que se presenta en los supermercados en botes junto con otras especias. El clavo lo he molido yo mismo, con un molinillo de café. No he tenido tiempo para buscar una solución ya preelaborada.


Ingredientes
  • 140-165 gr. de harina normal, dependiendo de si las queremos más o menos consistentes, más o menos finas.
  • 1 cucharilla de jengibre en polvo
  • ½ cucharilla de bicarbonato sódico
  • ½ cucharilla o algo menos de canela en polvo
  • ¼ de cucharilla de clavo en polvo. Sin pasarse.
  • 1/8 de cucharilla, una pizca, de sal
  • 83 gr. de margarina, reblandecida.
  • 100 gr. de azúcar
  • 25 gr. de huevo, aproximadamente ½ huevo
  • 7 ml. de agua
  • 30 ml/gr. de melaza, esto es, miel de caña (*).
  • Unos 15 gr. o más de azúcar blanco en grano para rebozar las galletas.


Nota: a modo de prueba éstas, que pueden verse en las fotos, las he realizado con 170 gr. de harina. Quería que quedasen con más cuerpo y… ha valido la pena; han quedado muy ricas. Lo importante es el sabor, la harina le da más o menos consistencia. La próxima vez probaré con poca cantidad, ya os contaré el resultado. Jugando espero…

(*) La miel de caña puede comprase en muchos establecimientos. Yo la compro en Mercadona, una que tiene una Virgen en la etiqueta.

(1) Tamizad la harina, el jengibre, el bicarbonato sódico, la canela, la sal y el clavo. Reservamos.

(2) En un bol grande o tartera, batimos la margarina con el azúcar, hasta que quede esponjoso y ligero. Echamos el huevo, el agua y la melaza. Batimos.

(3) Poco a poco vamos incorporando la mezcla de harina, hasta que quede una pasta homogénea. Llegados a este punto, podemos dejarla reposar en el frigorífico o proceder a realizar directamente las galletas.

(4) Precalentamos el horno a unos 175º C. Formamos bolas del tamaño de una nuez, o algo menor, y las rebozamos en el azúcar. Ponemos sobre una bandeja con papel de hornear y las achatamos ligeramente.
Las galletas deben estar lo suficientemente separadas, unos 4 centímetros o más, para que no se peguen unas a otras durante el horneado.



(5) Horneamos entre unos 8 y 10 min. (o más), hasta que tengan un ligero tono. Retiramos la bandeja y las dejamos enfriar en ella durante unos 5 minutos, para que se endurezcan algo más antes de ponerlas a enfriar en una rejilla.



Guardamos en una caja de galletas.

Si tenéis dudas (yo no las tendría), podéis probarlas con menos clavo y jengibre. Yo las he hecho con esa cantidad y no he arrepentido. Incluso he guardado la masa que me ha sobrado y las he realizado en 3 días distintos y, obviamente, en tres tandas. Se han conservado perfectamente, tanto crudas como hechas, siempre que se guarden herméticamente.

Me han encantado. Ese sabor especial, diferenciador, es muy interesante y adictivo. No he podido parar, pese a que tienen un fuerte y característico aroma. Son crujientes por el borde y bandas por dentro.

viernes 3 de agosto de 2007

Muffins de plátano con crujiente

El plátano es sensacional (y tres)

El plátano, tercera parte. Corte del director (Director’s cut)

Aquí acaba la trilogía del plátano. Lo prometido era deuda y, sin duda, no se me hubiese ocurrido mejor final. Tenía unas tortitas, que retomaré, pero me veía en la ¿obligación? de presentar unos muffins que marcasen la diferencia. La diferencia reside, entre otras cosas, en el crujiente. El crujiente, ¡cruje!, como cabría esperar, formando en la boca una combinación con la masa esponjosa que ni el “director” esperaba.

El guionista había planificado el final deseado, el final esperado para una trilogía que “El padrino” no consiguió. Yo tampoco, pues jugaba con ventaja, me conocía el final de la historia. Por suerte no siempre es así, el final está en nuestras manos. Somos los directores o codirectores (con nuestras parejas y compañía) de nuestras vidas. Escribamos el mejor guión que podamos. Me pido ser Cary Grant y, espero, que M Audrey Hepburn, aunque, de vez en cuando, no vendría mal ser el malo malísimo de buen corazón (“Viento en las velas”,....


Libre albedrío

No siempre se conoce el final. El libre albedrío existe. Nuestra vida cambia en cada instante, con cada pequeña decisión. Nada está escrito. Nada. Algunos diréis que sólo hay una cosa segura… pero hay mucha gente que ni de eso tiene la certeza.

Sería un horror pensar lo contrario, pensar que el futuro está predestinado. Así no me gustan (en determinados contextos): “destino/sino”, “vocación”, “tu media naranja”,… Tras ese pensamiento, los adivinos o futurólogos (¡se llaman como si fuesen científicos!), hacen su agosto. Creer en ellos es una contradicción en sí misma, ¿para qué informarme de mi futuro si puedo hacer poco por él? Aunque dirán que sí lo podemos cambiar, pero si lo podemos cambiar no está escrito y si no está escrito no tiene sentido adivinarlo…

Por suerte, tenemos un mar de posibilidades en cada segundo. El cada instante podemos elegir, y es algo nuestro. Esa elección puede restringirse (ausencia de libertades, por ejemplo), pero aún así seremos dueños de nuestros pensamientos. Nadie podrá inmiscuirse en ellos, somos libres para pensar y decidir sobre ello.
Decidamos sobre nuestras vidas, auque sólo sea para bien…


El libro

Sólo quedan unas páginas para acabarlo, pero antes he vuelto a repasar lo subrayado. Eso me permite adivinar mi estado de ánimo, mis reflexiones o, simplemente, descubrir qué rumbo ha seguido la lectura. Creo que ya lo había hecho alguna vez, esto de escribir las frases subrayadas, pero en ese caso la retrospectiva hacía referencia a un libro que había leído años atrás. Ahora son sólo unos días.

Los libros me absorben, los vivo hasta tal punto que pueden influir en mi estado de ánimo. No debería ser así. Lo mejor es que pasen desapercibidos. Como cuando, de pequeño, entrabas en el cine y por un par de horas te sentías un investigador, un aventurero, un bailarín o un apasionado. El sueño duraba unos momentos, unas horas después de salir… yo era el protagonista de ESA película.

Las frases, no demasiadas: “actitud de implacable vigilancia interior” (¡perfecta!), “estaba más unido a su madre que a su padre”, “Aceptaba las debilidades de todo el mundo, pero cuando se trataba de él mismo exigía la perfección…”, “quería exhibir sus heridas”, “No había verdad universal. Ni para ellos ni para nadie”, “Estaba decepcionado conmigo mismo”,… Al principio me parecían pocas pero, a medida que avanzaba el libro, he descubierto que el número de frases subrayadas aumentaba considerablemente. Tal vez sea un buen modo de búsqueda de equilibrio.

Ya estoy pensando en el siguiente, la elección será difícil. Probablemente sea el momento de algún ladrillo sin pena ni gloria, de lectura playera rápida y asimilable. O, quizás, algún clásico de final esperado. Ahora no quiero sorpresas.


Las bicicletas son para el verano

Como en “A illa” hay muchas playas, de las cuales muchas están a más de un kilómetro o dos, y con el fin de no usar el coche (esa insoportable caravana, eterna, que nos quita las ganas de volver) hemos pensado en comprar unas bicicletas para poder acudir a las playas que deseemos. Las de la infancia están un poco obsoletas y oxidadas.

Curiosamente, me ha provocado una ilusión que no imaginaba, como cuando de pequeño te la traen los reyes que, por cierto, a mí nunca me trajeron. La elección es difícil: las hay con frenos de disco, amortiguación o todo tipo de sistema de cambio. Ya os contaré la experiencia, por el momento la búsqueda resulta cansada pero divertida. Como “A illa” es muy llana, ya tengo muchas ganas de poder emplearla y poder desplazarme con ella a la velocidad del viento. Pepinho, sigue soñando….


Ingredientes
  • 200 gr. de harina normal [100 gr.]
  • ½ cucharilla de sal
  • 1 cucharilla de bicarbonato sódico [1/2 cucharilla]
  • 1 cucharilla de levadura química (Royal) [1/2 cucharilla]
  • 3 plátanos [1+1/2 unid.]
  • 150 gr. de azúcar [75 gr.]
  • 1 huevo, ligeramente batido [30 gr.]
  • 75 gr. de mantequilla derretida (y fría) [38 gr.]

Cobertura crujiente
  • 75 gr. de azúcar moreno
  • 2 cucharadas de harina normal (unos 18 gr.)
  • Una pizca de canela molida (1/8 de cucharilla)
  • Una cucharada de mantequilla (15-20 gr.)

(1) Preparamos los moldes para magdalenas y precalentamos el horno a 190-200º C. tal y como he dicho anteriormente, acostumbro a introducir los moldes de papel dentro de uno de metal, se obtienen mejores resultados.

(2) En un bol grande tamizamos la harina con el bicarbonato, la levadura química y la sal. Removemos un poco. Por otro lado, con ayuda de una batidora u otro sistema, batimos los plátanos hasta hacerlos puré, añadimos el azúcar, el huevo y la mantequilla derretida.

(3) Juntamos las dos mezclas, añadiendo sobre la harina (o al revés), poco a poco y hasta que toda la harina quede totalmente humedecida.
Llegados a este punto, y como ayer no dejé reposar la masa, la dejé reposar durante media hora en el frigorífico, a costa de que se oscureciese. El resultado ha sido muy bueno de igual manera.

(4) Rellenemos los moldes, dejando un pequeño espacio en la parte superior, y preparamos el crujiente.

(5) Crujiente. En un bol, mezclamos el azúcar moreno con la harina y la canela. Añadimos la mantequilla en trozos y amasamos con la punta de los dedos (mejor) hasta que tenga un aspecto de pan rallado. Cubrimos los muffins.

Yo los he cubierto en su totalidad porque hice mucha cantidad y para que toda la superficie quedase crujiente. De este modo al crecer la magdalena sube como una unidad, sin prácticamente abombamiento. Podemos echarlo como más nos guste. Podéis probar varias alternativas, ya me contaréis el resultado.

(6) Horneamos entre 15 y 20 minutos, hasta que tenga un tono o al introducir un palillo salga seco.

Buenísimos. El crujiente los hace únicos. Es el toque diferenciador.

jueves 2 de agosto de 2007

Muffins de plátano (sencillos)

El plátano es sensacional (segunda parte)

Si como yo, te compras unos cuantos plátanos, ésta es otra elección muy rápida, sencilla y apetitosa de tomarse fruta. Además, por el uso de margarina, que puede ser vegetal, no lleva colesterol. Recuerdo que el colesterol, aunque lo puede sintetizar el organismo por otros medios (y así lo hace), es exclusivamente una grasa de origen animal. Más sano. Allá vamos.


¿Segundas partes nunca fueron buenas?

Como todos los dichos, existen refranes que podrían interpretarse de modo opuesto: “dos mejor que una” o “no hay dos sin tres”. Y habrá tres, mañana mismo. ¿Mañana?, mañana está demasiado lejos. Son demasiados factores, diré: “tal vez mañana”.

También soy de postre, las brochetas estaban muy buenas (M las ha preferido) pero yo me quedo, por el momento, con estas magdalenas que, por su forma y para distinguirlas de las “madelaines”, he querido llamar por su nombre inglés: muffins.

Para mí, muchas segundas partes son mejores, y no entraré en el tópico cinematográfico de “El padrino II” o “Alien”, cuyas primeras partes están a la altura de las segundas.

¿Demasiado sencillo?

Más de una vez caemos en el error, y yo el primero, de pensar que las recetas más elaboradas, con infinidad de ingredientes y especias, están más ricas y sabrosas. Muchas de esas veces no es cierto, suele ser más importante una buena materia prima, en este caso: margarina, huevos o plátanos, que llenar la receta de aromas. Demasiados aromas, a veces, pueden confundir al paladar. Unos cubren a otros. Una hoja perdida en otoño tiene más vida que todos los rastrojos de un robledal.

Por ejemplo, un cordero al horno con sal y un poquito de romero y/o tomillo, puede resultar un plato mucho más exquisito que una (regular) carne con un gran adobo basado en infinidad de especias y aromas.


La belleza de lo sencillo

La belleza es un concepto, como muchas otras cosas, (para mí) muy relativo y subjetivo. Pero, pienso, no hay nada más bello que lo sencillo y, muchas veces, intangible: una puesta de sol, una brisa, una sonrisa, una palabra, un gesto, un libro, un poema, una mirada, un recuerdo,…

Si digo “sentimiento”, lo digo todo. Una palabra, muchas sensaciones. En cuando me abstraigo puedo pensar en ella y me vienen a la cabeza sentimientos de todo tipo. Buenos y malos, cada cual según su estado de ánimo o vivencias. (No, éste no es el camino. Hoy no quiero entrar, la puerta permanecerá cerrada. Mejor quedarme en la superficie… Podría salir lo bueno o lo malo, mejor estar en estado de “hibernación sensorial”, llamaría yo).

Últimamente los recuerdos me obsesionan. Todo es recordar, la infancia y la adolescencia. Los amigos, mis mejores amigos. Ayer recordé y escribí el nombre de dos de ellos.

Es curioso como los caminos se separan. Durante un tiempo sois inseparables, uña y carne, fieles hasta el final; un pequeño hecho o detalle te distancia para siempre. No hay saludo, como si no quisieran/quisiéramos acordarse/acordarnos de que una vez éramos inseparables, como en las novelas de Enid (que yo llamaba Eric) Blyton: los tres investigadores. Pasa el tiempo, alguna que otra vez el azar te cruza con ellos, pero no los saludas, casi está todo olvidado. Un día los recuerdos afloran en ti y en ellos, probablemente, y, por arte de magia, vuelves a verlos y los saludas. No hablas, pero el saludo incluye tu nombre, como para hacerte recordar que todavía se acuerdan de aquellas “cabañas” en el monte, aquel perro abandonado o las esperas a la puerta de su casa. El tono de la voz también nos delata.

Ese saludo es fruto de los recuerdos. Afloran cuando menos te lo esperas pero, a cierta edad, son como un reloj programado. Durante la adolescencia estaban dormidos, ahora ya forman parte de tu vida para siempre. Quieres pensar, y probablemente así sea, que ellos todavía se acuerdan y, durante unos minutos, desearían rememorar aquellas correrías. Pero, como yo, tienen miedo de que todo haya cambiado, que nada vuelva ser como antes. Porque no lo sería, pero el recuerdo permanecerá despierto desde ese día en el que “algo” lo despertó y, sin saber el motivo, no volverá a dormirse nunca más…

Post Data

Si queréis hacer otras magdalenas sencillas, simplemente poned a partes iguales (en peso): margarina, azúcar, harina y huevo, con un poco de levadura química y aromatizado con la esencia que más os guste: ralladura de limón (1/2 limón por cada 250 gr. de un componente), naranja, vainilla, canela, pimienta de jamaica… También se podría sustituir la margarina por aceite de oliva u otra materia grasa.

Podemos espolvorearlos antes de hornear con un poco de azúcar moreno mezclado con algo de harina, mantequilla y canela. También, simplemente, serviría un poco de azúcar.

Ingredientes
  • 150 gr. de margarina derretida y fría
  • 150 gr. de azúcar en polvo
  • 150 gr. de harina normal
  • 2 huevos grandes
  • 1 ó 2 cucharillas de levadura química (Royal)
  • ½ cucharilla de sal
  • 2 plátanos de Canarias, grandes y bien maduros (+ de 100 gr. cada uno)
  • Opcional: ralladura de limón/extracto vainilla. Si los plátanos son de buena calidad y sabor no es necesario.
Nota: recuerdo alguna receta que sustituía parte (1/3) de la margarina por leche, añadiendo un poco de canela a la masa.

(1) Preparamos los moldes para magdalenas y precalentamos el horno a 200º C. Acostumbro a introducir los moldes de papel dentro de uno de metal, se obtienen mejores resultados.

(2) En un bol grande tamizamos la harina con la levadura y la sal. Removemos un poco. Echamos el azúcar sobre la mezcla anterior.

(3) Aparte, batimos los huevos con la margarina derretida. Mezclamos poco a poco con la mezcla de harina, removiendo con cuidado con una espátula.

(4) Trituramos los plátanos hasta hacerlos puré. Este proceso debe realizarse con rapidez, para que no se oxide y oscurezca la masa. Los plátanos deben estar, mejor, muy maduros y blandos. Echamos sobre la mezcla anterior y removemos hasta que quede una masa homogénea.

(5) Con ayuda de una cuchara, rellenamos los moldes algo menos que el borde, para que no rebasen demasiado. Introducimos en el horno precalentado a 200º C de unos 15 a 20 min., hasta que tengan un tono dorado y empiecen a tostarse un poco.

El plátano, al igual que la manzana, es una fruta que se oxida con mucha facilidad, por ello, si dejamos reposar la masa en la nevera unas horas antes de cocinarla adquirirá un tono oscuro pero subirá con más facilidad. A elegir.

Dejamos enfriar en una rejilla. Mejor es dejarlos enfriar para que se afiance el aroma a plátano, no los tomemos calientes, por lo menos la primera vez. Si nos gustan calientes podemos calentarlas unos 20 seg. en el microondas, yo los prefiero a temperatura ambiente. Son unas magdalenas muy esponjosas.

El valor de lo sencillo.

miércoles 1 de agosto de 2007

Brochetas de pollo a la mostaza, plátano y panceta con salsa agridulce

El plátano es sensacional

No todo va a ser dulce. Ha llegado el momento de empezar el mes (¡qué rápido pasa el tiempo!) y sólo se me ha ocurrido poner algo fácil, rápido y rico. Los agridulces me encantan, además, parece que a M ya empiezan a gustarle. Estupendo.

El plátano no es de lejos mi fruta preferida, sin embargo, cuando se trata de cocinar con plátano la cosa cambia: rebozado y frito, en postre, tostado o, como en este caso, en unas brochetas. Me gusta.

De Signal plus al “El plátano es sensacional”

Todavía recuerdo aquella canción de “El libro de la selva” y del disco que me había tocado después de enviar un recorte de la caja que contenía la pasta dentífrica “Signal plus”. Era demasiado pequeño como para escribir la carta y le dije a mi hermana que la escribiese por mí. Un sorteo, las probabilidades de que tocase no eran muy grandes, pero allá fue. Semanas después tenía en casa el disco de “El libro de la selva”, me faltaba el tocadiscos ;-). Pues nada, a escucharlo a casa de mis amigos Carlos y Pablo.

Después me aficioné a todo tipo de envíos y concursos que ofertaban los productos más variopintos: periódicos, champús, radio, cola-cao,… De memoria, me tocaron infinidad de pequeñeces que te ilusionaban como si fuese el mayor regalo que te pudiesen hacer: un libro de las olimpiadas de Moscú 1980 (Cola-Cao), una novela en un concurso radiofónico de cine, un minitrivial de canal plus en otro concurso sobre cine, un juego de ordenador en “El país”, una película en VHS (“Como agua para chocolate”) en “El país de las tentaciones”, etc.

Y todo esto por un plátano. Pero cuando pronuncio esa palabra me viene a la cabeza la canción y de la canción….

El síndrome de Estocolmo

He pospuesto mi diario de viaje para otro momento. Sólo quisiera recordar (me ha venido a la cabeza tras la desaparición de Ingmar Bergman) una de las ciudades más maravillosas que he visitado. Y creo que no han sido pocas: Brujas, Nueva York, Barcelona, Siena, Pisa, Londres, París, Bruselas, Moscú, San Petersburgo, N. Delhi, Roma, Florencia,… Podría decirse que es una hermosa ciudad para vivir. Además de su belleza, se respira en todo momento una tranquilidad y armonía que no poseen otras ciudades de su tamaño. Para muestra, un botón ;-):




En esta ciudad, cualquiera quisiera ser secuestrado para quedarse eternamente en ella. Ése es el verdadero “Síndrome de Estocolmo”.

Si ya era un enamorado del “cine sueco”, ahora lo seré más, si cabe.

Para adobar el pollo
  • Pimienta negra recién molida
  • Sal
  • Mostaza, más de una cucharada sopera.
  • 2 dientes de ajo picados muy finos
  • Una cucharilla colmada de pimentón dulce
  • Una pizca de pimentón picante (opcional)
  • Una pastilla, o algo menos, de caldo de pollo
  • Aceite de oliva virgen extra, el necesario como para dar cuerpo al adobo.
  • Opcional: perejil
Nota: como lleva una salsa agridulce, también podría, simplemente, llevar un pequeño a adobo de ajo y perejil.

(1) Salpimentamos los trozos de pollo.

(2) En un bol o mortero desmenuzamos la pastilla de caldo de pollo y mezclamos con resto de ingredientes hasta formar un adobo homogéneo de textura fluida. Echamos sobre el pollo y dejamos en reposo (mejor de un día para otro) hasta el momento de cocinar.

Para la salsa de soja y miel (agridulce)
  • 2 cucharadas de salsa de soja
  • 1 cucharada de miel
  • Un pizca de mostaza (opcional)
Nota: para la salsa de soja y miel no existen medidas exactas. Cada cual debe hacerlo según le guste. Aproximadamente la mitad de miel que de soja.

(1) Mezclamos la soja con la miel y, si nos gusta, una pizca de mostaza (le dará un toque más amargo que contrastará con el resto de sabores). Probamos y rectificamos las cantidades según nuestros gustos, más o menos dulce.

Se puede calentar algo para que tenga menos cuerpo y una temperatura más adecuada.

Como a mí me encanta lo agridulce, es una salsa estupenda para acompañar muchas carnes, sobre todo el pollo frito, pero también verduras, langostinos, etc.

Brochetas
  • Una pechuga de pollo cortada en cubos.
  • 1 ó 2 plátanos.
  • Unas lonchas de panceta (tocineta), no demasiado gruesas. Las necesarias para cubrir cada trozo de plátano.
(1) En unos palos de brocheta intercalamos un trozo de pollo con un trozo de plátano envuelto en una loncha de panceta. Echamos un poco de sal y pimienta negra sobre el plátano.

(2) En una plancha a fuego medio-fuerte o una sartén antiadherente cocinamos las brochetas. Las giramos para que se hagan por todos los lados. A medio hacer podemos bajar el fuego para que se hagan por dentro.

(3) Las servimos en una bandeja y echamos un poco de la salsa de soja por encima de cada una. Si las queremos retirar del los palos debemos hacerlo “como un todo” y con cuidado de que no se deshaga el plátano.

Riquísimas. Como ya he dicho, el adobo del pollo puede ser uno sencillo de ajo, perejil y aceite.