Cinderella ManMientras reescribo el postre, ahora, soy incapaz de determinar si se me había olvidado la harina o no. Era tarde, noche del pasado domingo y con mucho que hacer. Con la tensión de la vuelta necesitaba introducirme en la cocina para liberar la tensión, siempre después de deshacer la maleta, pasar la aspiradora (lo siento vecina) y preparar la lasaña para el lunes. Aunque pasasen algunos minutos de las doce y media de la madrugada y al día siguiente hubiese que madrugar fue la mejor actividad que se me ocurrió para liberar tensión.
No sé si me he olvidado de haber echado harina o me olvidé de echarla, como en aquellos 21 gramos. Ahora que lo pienso empiezo a entender por qué me quedó con una textura algo menos ligada que otras veces, aún así, un placer para el gusto. Un riquísimo sabor alimonado, tanto en el bizcocho de almendra como en la suave crema de limón (que no lleva harina).(Ya me estoy quedando dormido, ¡qué sueño!, ¡qué horror!)
Ni harinas ni nada que se le parezca. Entre mis pocas virtudes, cada vez menos (ya no me lo puedo permitir), está la del cuidado y el perfeccionismo, que no siempre son virtudes. Hasta sin harina he sido lo suficientemente cuidadoso como para envolver el bizcocho enrollado sin que se me hubiese roto, ¡quién lo diría con estas manazas!
Me llaman El Desparecido por este lapsus temporal sin motivo aparente, lo tiene. Un motivo muy largo y difícil de explicar. Como la energía, el tiempo no se crea ni se destruye, se transforma. En contra de lo que esperaba no estoy mejor por haber desaparecido, más bien agotado y tenso. Sin esa liberación que me provoca decir aquello que me inquieta. ¿A quién se lo cuento? Ahora Noa no está como para oírme, ¿lo ha estado alguna vez? Quizás cuando lo ha estado no era yo el que estaba dispuesto a hablar.
Zero. Cero grados. Ayer y esta misma mañana, salía temprano de casa con una temperatura ambiental relativamente soportable, unos 12 grados. A medida que me iba alejando de la ciudad veía en el visor cómo disminuía poco a poco la temperatura. Entre nieblas, cuando llegué al trabajo ya había alcanzado la temperatura perfecta: 273,1º K. Así un día tras otro. Lo prefiero, prefiero pasar un poco de frío, ver luz y claridad, a permanecer bajo el agua y la oscuridad durante el largo invierno.

No quiero salvar el mundo ni que el mundo me salve, lo dejo para el G-8, el G-20, el G-40, el G-ili… me conformaría con el punto G, sólo quiero tranquilidad. Si empezase a expresar, palabra a palabra, cómo me encuentro correría el peligro de que alguien me tachase de “algo”, somos humanos y nos gusta señalar con el dedo. A mí también, más que señalar, también hago mis esquemas mentales del prójimo. Intento no juzgar, pero en mis adentros no puedo evitar tirar la primera piedra sin estar libre de pecado.
Antes de que así sea, de que se exteriorice lo que casi todos hacemos para nuestros adentros, me conformaré con escribir una canción que sin motivo aparente (hace mucho tiempo que no la escucho) se despertó de mi memoria mientras corría entre sol y frío por las entrecruzadas carreteras y caminos que separan Brión, Ames y Teo (¡Ay Teo!). No eran las campanas de Bastabales, era una música de F. Battiato. ¿Subconsciente? Otra vida.Ciertas noches al dormir me pongo a leer.
Y tal vez necesito instantes de silencio.
Varias veces contigo sabiendo que te quiero
me enfado inútilmente sin verdadera razón.
De mañana en la calle el tráfico loco me agota.
Me enervan los semáforos y los stops.
Por la tarde vuelvo a casa con un malestar especial.
No sirven tranquilizantes o terapias. Se quiere otra vida.
En divanes cómodos, los mandos en la mano.
Cuentos de bajos fondos:
"Dallas", "Los ricos lloran".
Por la vía la cuarta línea del metro que avanza.
Los coches aparcados en triple fila.
Por la tarde retorno con desgana ¡ah! y aburrimiento.
No sirven excitantes ni ideologías. Se quiere otra vida.
Hoy me ha entrado el miedo. El famoso miedo que se te mete en el cuerpo, empezando por el cerebro. No por mí, soy miedoso pero no tengo miedo a perder lo material, ni la propia vida. Por aquellos que amas, por los que te acompañan día a día aquí y en la distancia, por los padres, por los hijos de los padres, por lo abuelos, los amigos y amigas, porque el miedo es malo.
Mil perdones. Perdón porque no costaba tanto nada aparecer y sólo dedicarle unos minutos a leer el correo, aunque sólo fuese por cortesía. Perdón, porque hasta me causa vergüenza responder correos tan lejanos en el tiempo, ¿más vale tarde que nunca? Perdón.
Lo haré aquí, de un modo breve. Perdonad: Berta; Papish, no soy un experto, pero en otro momento comentaré algo sobre el templado, hay varias técnicas; mesilda; olga 73, me has hecho sonreír; Pilar; Compañía de Libros, gracias, el reposo está genial, las faltas también se me escapan con frecuencia (cuestión de prisas y teclas); paulova, Avanti! ; Harry Haller (yo mismo); Rosita, otra “abraçada”; Andrea, es una cuestión de densidad, cuanto más densa menos se solapan (como la Nocilla de dos sabores); Mar; Anónimo; Gloria, perdona…
Un beso muy grande a todas/todos. De verdad.
Yo tampoco veré la entrevista.

Bizcocho de almendra para enrollar
- 75 gr. de azúcar (para batir con los huevos)
- 1 sobre de azúcar vainillado (8 gr.).
- Ralladura fina de un limón.
- 2 huevos grandes (120 gr.)
- 2 huevos (30 gr. yemas + 76 gr. claras)
- 100 gr. de almendra molida.
- 20 gr. de azúcar (para levantar las claras)
- 30 gr. de harina.
- Una pizca de sal.
Por otro lado montamos las claras (~76 gr.) a punto de nieve con 20 gr. de azúcar. El azúcar lo añadimos cuando estén a medio montar. Vertemos de modo cuidadoso sobre los huevos montados, desde el centro y de abajo hacia arriba. Otras veces prefiero añadir la harina en este momento, aplicándola con un colador en forma de lluvia y mezclando con cuidado (por eso creo que se me ha olvidado). Para preferencias personales.
(2) Extendemos la masa sobre la bandeja, con una altura de 1-1,5 cm, aproximadamente, y horneamos por un período entre 6-10 minutos, hasta que la superficie haya tomado color y al pulsar con el dedo recupere su posición. Retiramos del horno.
En este punto cada maestrillo tiene su librillo. Los hay que lo recubren con un paño húmero y lo envuelven (no me gusta pues siempre se adhiere un poco de masa al paño), los que lo dejan enfriar antes de envolver (se hace más difícil envolverlo después sin que se quiebre), los que le dan la vuelta, los que lo dejan enfriar y lo humedecen con un almíbar cuando lo vayan a envolver para que no se rompa,… Yo prefiero darle una pequeña forma en caliente del siguiente modo: cubro la masa con otra lámina de papel de hornear del mismo tamaño, lo envuelvo con mucho cuidado y hago que vuelva a recuperar su forma estirada original. La lámina evita que se pegue la masa (todavía caliente) en el interior.
Reservamos mientras preparamos la crema de limón.

Crema de limón y almendra
- 3 yemas grandes (60 gr.)
- 1 huevo (60 gr.)
- 1 sobre azúcar vainillado (8 gr.).
- 15 gr. de almendra.
- Ralladura de 2 limones
- 85 gr. de azúcar.
- 90 gr. de zumo de limón.
- 60 gr. de mantequilla.
Retiramos del fuego y vertemos el almíbar en forma de hilo sobre la mezcla de huevos, removiendo suavemente con un batidor mientras lo añadimos. Si no nos gusta encontrar las pequeñas partículas de ralladura (a mí me gusta, pues realza el sabor) colamos el almíbar a medida que lo vamos vertiendo. Llevamos la mezcla al fuego y, removiendo constantemente, calentamos a fuego medio (unos 80º C) hasta que haya espesado suficientemente.
Es importante que no hierva (para que no cuaje el huevo) y tampoco hacerlo a muy baja temperatura (no espesaría). Cuando haya espesado la retiramos del fuego y la dejamos templar. Cuando la temperatura de la crema esté en torno a unos 45-50º añadimos la mantequilla troceada, mezclando bien hasta que se incorpore perfectamente. Dejamos que repose para que tome un poco de densidad antes de verter sobre el bizcocho.
(2) Estiramos la crema sobre el bizcocho, sin que llegue a los bordes, y envolvemos con sumo cuidado, sin apretar en exceso. Introducimos en el frigorífico para que coja consistencia y sabor, mejor envuelto en película de cocina o papel vegetal. Mejor de un día para otro, o dos, gana sabor.
Lo espolvoreamos con azúcar glasé antes de servir. Si tenemos tiempo, también podríamos pintarlo con una crema bomba (yema) y pasarle un quemador, creo que la mejor opción, o recubrirlo de un merengue italiano o suizo. Para gustos.
Aunque su apariencia es la de un “brazo” tradicional, su sabor y textura son alimonados y diferenciadores, se parece sólo en la forma. Yo, que no soy un seguidor de los brazos, éste lo repito con relativa frecuencia, que para mí significa una o dos veces al año ;-)
El dulce porvenir.


































































































































